Tío Pancho o de la justicia

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Tío Pancho

Durante mi infancia viví por temporadas en casa de mi tía Alicia y mi tío Francisco, en el Fraccionamiento San José La Noria de Oaxaca. Puedo decir que muchos de los momentos más alegres de mi vida transcurrieron en esa bella casa de color blanco, donde un altísimo pino –que convivía con un manzano cuyos frutos solían roer los murciélagos– señoreaba el jardín.

Cerca de ese pino solíamos jugar Carlos Armando y yo, quien iba con menos frecuencia la casa de mis tíos, pero cuando él estaba todo cobraba una nueva vida. Mis tíos estaban más alegres y yo también, desde luego.

Carlos y yo pasábamos las mañanas y las tardes jugando con nuestros He-Man, a veces tumbados en el jardín y a veces en la sala de la casa. Llegó un punto en que logramos acumular entre los dos buena parte de la colección. Normalmente solíamos desear algunos muñecos que tenía el otro, por lo que comenzamos un intercambio furtivo. Al final, yo no quedaba conforme y la frustración terminaba por quitarme la alegría y despertaba en mí un cierto distanciamiento de mi primo, a quien tanto quería.

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Carlos era tan sólo un año mayor que yo, pero era un niño muy despierto, en contraste conmigo, que siempre andaba como adormilado. Debido a su tendencia competitiva, Carlos acababa quedándose con los muñecos que él deseaba y podía retener los que no quería intercambiar. Yo, en cambio, perdía algunos que me gustaban y obtenía otros que no me agradaban tanto.

Mi disgusto fue tal que un día anduve todo emberrinchado y esto lo notó mi tí Pancho, como le decíamos de cariño.

—¿Qué tienes? —me preguntó.

—Es que Carlos se quedó con los muñecos que me gustan.

—Ah, vamos a ver.

Y nos reunió a los dos en la sala de la segunda planta, donde estaba el televisor y la videocasetera en la que pusimos tantas películas de Freddy Krueger. Nos pidió que pusiéramos todos los muñecos en el piso, sin ocultar ninguno, y que los distribuyéramos como los habíamos tenido originalmente. Carlos se mostró reacio, pero accedió. Yo también lo hice, doliéndome de la posibilidad de perder algún muñeco con el que ya me había encariñado.

—Deben acomodar los muñecos como los tenían originalmente.

—Sí, tío —le respondimos.

Mi tío se aseguró que habíamos reestablecido las cosas a su origen y luego nos dijo que podríamos pensar en qué muñecos no cambiaríamos jamás. Carlos y yo señalamos cuáles eran los más preciados para nosotros. Luego, nos pidió que los apartáramos.

—Bueno, esos muñecos no se tocan porque son los que más les gustan. ¿De acuerdo? Ahora pongan al frente los muñecos que sí podrían intercambiar.

Así lo hicimos. En turnos, mi tío nos iba animando a ofrecer lo que teníamos. Cada uno valoraba cambiar un muñeco por otro y podíamos negarnos a determinado cambio, pues a veces un muñeco estaba feo, despintado o simplemente no nos parecía atractivo. Ese día aprendí en un gesto el significado de la justicia y de la libertad y con el tiempo aprendí a comprender el valor de la autoridad.

Al final quedamos satisfechos con el intercambio, pero lo que ha quedado en mi memoria de forma imborrable ha sido la experiencia de una mirada tierna que me ayudó a desbloquear un conflicto con alguien que era muy importante para mi.

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Carlos y yo
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Secuestro exprés

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Taxis de Puebla

Just give me what I want and no-one gets hurt…

Vértigo, U2

Acababa de ver a los amigos de CL en Puebla. Tomé el camión que me acercaría al Bulevar Norte y me bajé allí. Era el 7 de enero de 2004.

Traía entre mis manos dos libros de Luigi Giussani idénticos, un CD de U2 que recién había comprado y, dentro de una bolsa de plástico, llevaba un trozo grande rosca de reyes que me regalaron para llevarlo a mi esposa y mis hijos.

En esa época mi empleo era el de un profesor de filosofía mal pagado y llevaba los últimos 200 pesos que tenía para mis gastos personales, además de un reloj roto del extensible, que no había podido reparar.

Dieron las once de la noche y los camiones empezaban a escasear. Tomé uno de los últimos, que me dejó donde tenía previsto. En esa época vivía en una colonia al norte de la ciudad, pasando la autopista México-Puebla, por lo que mi única forma de llegar a casa, desde donde ahora estaba, era en taxi.

Decidí tomar un coche en la calle para evitar pagar el sobreprecio de los “taxis seguros” de la Capu.

Me paré en un punto del Bulevar Carmen Serdán, en dirección a la autopista. Hacía frío.

Dejé pasar unos cuatro taxis antes de animarme a hacerle la parada a un coche. Finalmente el tiempo me obligó a no demorar más la decisión y le hice la parada la un Chevy Monza negro con amarillo que tenía el faro derecho apagado. Sentí que el faro apagado era un mal presagio, pero aun así lo abordé.

El conductor abrió la puerta del copiloto para que pudiera explicarle a dónde quería ir y le ofrecí 25 pesos, esperando de que me pidiera cinco más y cerráramos el trato. Increíblemente él aceptó los 25 pesos y yo subí al auto. Me dio mala espina que el taxista aceptara llevarme sin negociar unos pesos más.

Cuando abordé cubrió inmediatamente con una franela gris su estéreo. Mi incertidumbre creció y me volví para verlo. Era un joven moreno y llevaba una gorra. Ahora ya no recuerdo sus rasgos y no sería capaz de reconocerlo si me lo topara en la calle.

El taxista avanzó hasta el retorno de la terminal de autobuses y luego dio vuelta a la izquierda, apartándose del sentido que llevaba hacia la autopista. Me dijo que no había paso más adelante. No refirió nada más, dándome a entender que tomaría otra ruta.

Avanzó sobre Carmen Serdán unas cuadras, hasta llegar a una gasolinera, en donde se detuvo porque le tocó la luz roja del semáforo. Lo noté nervioso y empezó a hacerme plática, como para distraerme. Ya no recuerdo qué me dijo. Cuando empezó a hablar sentí la necesidad de bajar del auto porque había tomado un rumbo distinto al que le había indicado, pero me pareció una descortesía y me mantuve en mi asiento. Miré a los despachadores de la gasolinera frente a la que nos habíamos detenido, aunque ninguno de ellos me vio. Volví a mirar la franela que cubría el estéreo del taxi e intuí que el chofer no quería que yo supiera qué clase de aparato ostentaba en el tablero. Mi vista se fijó en la esquina superior derecha del parabrisas, donde había una calcomanía de la Universidad Iberoamericana. La franela en el estéreo, la gorra del chofer y esa calcomanía fueron los pocos detalles que recordaría de ese taxi y de ese taxista.

La luz verde del semáforo se prendió y el chofer dio vuelta a la izquierda y luego a la derecha, para incorporarse a una calle solitaria.

Bajó la velocidad justo donde había un tope y unos árboles pequeños en cada acera. Allí ocurrió mi plagio.

(Me percato que al escribir esto he contenido la respiración. Detengo la escritura, me llevo las manos a la cabeza, miro hacia arriba, cierro los ojos, junto las manos sobre mi frente, suspiro y vuelvo al teclado a escribir lo que sigue).

No había duda que el taxista estaba coludido con los secuestradores, pues me llevó hasta ellos. Con todo, fingieron no conocerlo e incluso lo insultaron.

Antes del abordaje vi a un hombre vestido de negro salir detrás de un árbol y dirigirse hacia el taxi. Parecía que caminaba lentamente, pero en realidad se movía muy rápido. Oí que la puerta trasera del taxi se abría y a los pocos segundos ocurría lo mismo con la puerta del copiloto, justo donde viajaba.

En el asiento trasero estaban ya dos hombres, también vestidos de negro. Sobre mi se encontraba el tipo que abrió la puerta del copiloto. Cerraron las puertas y el taxista avanzó.

–Ya te cargó la chingada –me dijo el sujeto, que súbitamente se había montado sobre mis piernas y me había atrancado el cuello con su brazo mientras desde atrás me tapaban la cabeza con un trapo–, suelta todo lo que traigas y no trates de hacer pendejadas.

El taxi avanzó despacio, permitiendo a mis tres captores acomodarse y someterme entre los asientos delanteros y el trasero. Fue así que pudieron bolsearme a su antojo.

Me sacaron los 200 pesos que llevaba del pantalón, el reloj y la cartera que no tenía dinero, sólo credenciales y una tarjeta bancaria. Aún sostenía en mis manos el disco y la rosca de reyes hecha migajas dentro de una bolsa. Los libros los había tirado en el piso del asiento delantero.

–Pásate para atrás y acuéstate en el piso –me dijo el tipo que lideraba la célula delictiva.

Obedecí. Me pasé y me tumbé en el piso trasero del Chevy. Los dos tipos que iban allí pusieron sus botas sobre mi espalda y alguno me pegó dos veces para intimidarme.

–Por favor, no me golpees– imploré.

El tipo que iba en asiento del copiloto secundó mi petición, al parecer era el líder de la banda. Exigió a los que iban atrás que dejaran de hacerme daño, les indicó que si los atrapaban eso los metería en más problemas. Los golpes pararon a su orden.

Apenas y podía respirar por la presión que sus pies ejercían sobre mi torso, pero me esmeraba en meter aire a los pulmones. Alcancé a darme cuenta que usaban botas tipo militar. ¿Serían policías o militares? Al sentir con las yemas de los dedos la carcasa del disco me di cuenta de que estaba roto, pero no lo solté. En esa época escuchaba mucho a U2 y decidí usar el álbum “How to Dismantle an Atomic Bomb” como una especie de amuleto, algo a lo qué aferrarme.

Condujeron hasta Plaza Loreto para tratar de sacar dinero de la tarjeta bancaria, lo que supe después al consultar los movimientos en el banco. En el camino me pidieron la contraseña y me amenazaron con lastimarme en caso de darles mal el número. Seguro de que la cuenta estaba en ceros, les di la clave sin problema, aunque pensaba en no equivocarme a causa de mi nerviosismo, por lo que repasé los cuatro dígitos en mi mente antes de decírselos. Mientras el líder acudía a verificar el saldo, pensaba en qué harían conmigo. Veía muy difícil sobrevivir a esta situación.

–Tengo esposa e hijos, por favor no me lastimen –dije tratando de buscar algo de humanidad en mis secuestradores.

Nadie respondió.

Tras verificar que no tenía dinero en el banco, el tipo que iba en el asiento del copiloto subió al auto, musitó algo a sus secuaces y el taxi arrancó de nuevo.

–Métete por aquí… Da vuelta acá… –decía el cabecilla al taxista.

El auto se internó por una colonia cercana al lugar de la plaza y dio varias vueltas. En algún momento se topó con una patrulla y los secuestradores se pusieron nerviosos. Me dijeron que no gritara o me iría mal y ordenaron al taxista que no avanzara muy rápido para no levantar sospechas. Luego de pasar la patrulla le dijeron que acelerara.

Recuerdo haber hecho una plegaria a la Virgen, en silencio. Pensaba que me matarían por temor a que pudiera reconocerlos. Con los dedos sentía la carcasa rota del CD, pensaba en mi familia, en que tal vez mi esposa se preguntaba por qué no había llegado a casa.

–¿Saben qué? –les dije–, yo los perdono. No les guardo rencor.

No supe porqué hice ese comentario, tal vez era por miedo. Tal vez era mi fe que se asomaba. Parecía como si otro hablara por mi. En todo caso lo dije.

–Nos parece muy bien que nos perdones, pero ya deja de hablar –dijo el líder de la banda en tono socarrón.

Luego de no sé cuántas horas, el taxi finalmente se detuvo.

–Mira, te vamos a bajar y cuando te bajemos te vamos a destapar la cara.  Vas a caminar derechito hasta encontrar la calle. No se te ocurra voltear o te quebramos. ¿Entendiste? A ver, repite lo que te dije…

Me sorprendió el detalle del plan para dejarme ir y la insistencia en que había comprendido. Mientras me incorporaban para dejarme ir, les dije:

–Me gustaría recuperar mi disco que está tirado y uno de los libros, el otro se los regalo.

–Pues gracias por el regalo –dijo alguno y se quedaron con el ejemplar.

Pensé, en medio de todo el caos, que el libro de Giussani podría hacerle bien a alguno de ellos, en caso de que tuvieran curiosidad y se preguntaran por el sentido de mi gesto.

Accedieron. Me dieron el disco, el cual revisaron antes. Lo supe porque escuché el rechinar del estuche. También me devolvieron la bolsa donde llevaba la rosca de reyes.

Abrieron las puertas del taxi y me bajaron. Caminaron conmigo unos metros sosteniéndome de un brazo y luego uno de ellos me dijo al oído:

–Te vamos a dejar acá. Cierra los ojos. Te vamos a quitar el trapo y después de contar hasta diez los abres y te vas todo derechito, como te dijimos. No se te ocurra voltear.

Así ocurrió. Me descubrieron la cabeza y después de contar hasta diez abrí los ojos y caminé sobre una privada de terracería que estaba en penumbra hasta que encontré la bocacalle. No volví la mirada hacia atrás.

No sabía en dónde estaba. Llegué a una esquina en donde había una lámpara. Habían algunas personas con aspecto siniestro, fumaban y tomaban cerveza. Me observaron y evité mirarlos fijamente. Me sentí aliviado de estar vivo, pero estaba desconcertado.

Dejé pasar varios minutos hasta que al fin decidí, con el corazón sobrecogido, parar un nuevo taxi.

–Buenas noches, acaban de secuestrarme, por favor lléveme a mi casa. Allá le pagan.

*   *   *

Le pedí al taxista que se estacionara a una cuadra de la casa, no quería que supiera dónde vivía exactamente. Pensaba que todos los taxistas estaban coludidos, se había apoderado de mí la desconfianza. Caminé hasta la reja, asegurándome de que el taxista no me viera entrar.

Manue estaba despierta y le pedí que me prestara dinero para pagar el viaje.

–¿Por qué llegas hasta ahora? –me peguntó preocupada.

–Me secuestraron, voy a pagar el taxi, ahorita te cuento.

Le di el dinero al chofer y regresé a la casa. No sé en qué momento solté el libro, el disco y la bolsa con la rosca que ya estaba deshecha.

Me recosté en el regazo de mi mujer y lloré. Con la voz entrecortada le conté todo. A ratos veía su rostro.

–Ya pasó, ya estás en casa, papá, tranquilo –me dijo.

Le pregunté la hora, pasaban de las tres de la madrugada. Nos quedamos un lago rato en el sillón, abrazados. Recordaba lo que había pasado, me sobrecogió saber lo vulnerable que era, pero también lo afortunado de estar, como Manue había dicho, otra vez en casa.

Camarones chinos

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El Metro, José Clemente Orozco
 

Es parte de la mentalidad común pensar que los chilangos son unos cabrones, así lo piensan ellos de sí mismos y, a veces con mayor vehemencia, también los provincianos que tenemos la necesidad de trabajar en el Distrito Federal.

El arrasar, perturbar, aniquilar, está en la sangre Azteca de un modo más acentuado que en otras razas que poblaron Mesoamérica. Pienso esto mientras me subo al Metro y me toco el bolsillo trasero del pantalón para verificar que todavía traigo la cartera.

A empujones, me abro paso entre la muchedumbre que puebla el vagón y justo cuando alguien abandona su asiento aprovecho para ocuparlo. Pongo la pesada maleta sobre mis piernas.

Conforme avanza el tren y se hace más tarde, el vagón se vacía y queda libre el asiento individual que está frente a mí y también el que está a mi lado.

No me percato bien del momento en que un joven ocupa el lugar del frente, ya que he abierto el periódico y me he concentrado en una nota que dice que entre los japoneses está mal visto despedir gente, por lo que cuando desaparece su puesto los envían a aburrirse a una sala en donde se pasan la jornada leyendo o navegando en internet. Al final del día y sin haber aportado nada a la empresa, escriben un informe de sus actividades y se van a casa. La nota dice que si despidieran a la gente que ya no le ‘sirve’ a la empresa, porque su rol ya no es necesario, muchas de estas instituciones serían más competitivas, pero esta actitud está mal vista en la sociedad japonesa.

Aparto la vista un momento del periódico y la dirijo al suelo del vagón para tratar de entender la mentalidad de los japoneses: allí no hay despidos, sólo hay renuncias, y si no quieres renunciar te mandan a una sala en donde morirás de aburrimiento y de pena, y, tal vez así, te atrevas a renunciar. Mientras me pierdo en esta madeja mental, y una vez que el Metro ha hecho escala en una nueva estación, un joven ingresa al vagón: es un trabajador de un restaurante chino, lo sé por el uniforme negro con cuello mao que usa. El joven ha ocupado el asiento que está a mi lado, se le nota cansado. Lleva consigo una bolsa negra y dentro un guisado con camarones, cuyo aroma invade el vagón.

Detrás del joven entra una niña de aspecto indígena y deja sobre mi maleta un pedazo de fotocopia mal recortada que tiene un mensaje. Poco tiempo después entra un joven que, al cerrarse la puerta del vagón, se para en una de las puertas y comienza a tocar su acordeón.

Con el rabillo del ojo leo el mensaje del papelito, mientras finjo seguir con mi lectura del periódico. El recado dice que la niña y su hermano mayor son de la sierra de Oaxaca y que se ganan la vida tocando el acordeón. Piden una cooperación que no afecte mi bolsillo. Como he simulado que la nota no me importa, también simulo que esa petición no está dirigida a mí. Sin embargo, el joven empleado del restaurante chino lee atentamente el recado, mira al suelo y vuelve a leer. La niña qué dejó los papelitos viene de vuelta y recoge la mayoría de ellos en el lugar donde los dejó. Nadie le dio nada hasta que llegó al lugar del empleado, quien sin dudarlo le entregó su bolsa en donde llevaba el guisado con camarones. Tal vez lo que entregó era su cena, tal vez se trataba de la comida era para su familia, pero prefirió dársela a unos desconocidos que pedían ayuda con música de acordeón y papelitos.
La niña agradeció el gesto y salió del vagón con su hermano. Yo, en cambio, me sentí mezquino y dispuesto a cambiar mi percepción de algunos chilangos.

Evocación

Desperté poco antes del amanecer en la ciudad en que nací,  donde circunstancias de trabajo me han traído después de una serie de peripecias.

Mientras dormía, el recuerdo vívido de la profesora Orquídea Silva se agolpó en mi mente junto con imágenes de una de las épocas más felices de mi juventud: la escuela secundaria.

Durante el sueño recordé los pasillos de la Técnica 1, con sus pupitres viejos y rayoneados sobre los que estudiábamos.

También me acordé de las mañanas soleadas en los grandes patios donde solía instalarse un vendedor de nieves de limón, que tenían ese sabor dulce e intenso que no he encontrado en Puebla ni en el Distrito Federal. (¿Soy el único que piensa que los limones de Oaxaca saben más sabrosos?).

Recordé las clases de Español donde la profesora nos leía fragmentos de Las Cuitas del Joven Werther o del Quijote, y hacía volar la imaginación de los de mi generación. (¡Qué importante es tener buenos maestros en las escuelas públicas!).

Lo curioso de este sueño-evocación fue que me imaginé a mí mismo, con la edad y complexión que tengo, visitando la secundaria. Recorriendo ya adulto los pasillos donde corrí de joven.

Me visualicé llegando a la puerta de un salón de clases donde la maestra Orquídea, ya mayor, daba su lección a unos muchachos habituados a la tecnología.

-Qué tal, profesora, espero no interrumpir. Tal vez se acuerde de mí, soy fulano de tal, hace muchos años fui su alumno. Desde su mesa la profesora inclinó la cabeza y mirando por encima de la montura de sus lentes me reconoció.

-Claro, espérame, voy a la puerta -habría dicho después de pedir a algún alumno que siguiera con una lectura. Ella aferraba un libro de texto grande y al llegar hasta a mí volvió a bajar sus lentes como para cerciorarse que era quien ella suponía.

-¿Cómo has estado? ¿Qué milagro que nos visitas? Pocos ex alumnos lo hacen.

-Bien, maestra, pasé por aquí cerca y quería saber cómo se encontraba usted. También quería decirle que sus enseñanzas me han servido mucho. Una temporada fui profesor de Español y luego incursioné en el periodismo.

-Mira, qué bien, no me lo habría imaginado.

-Me casé y formé una familia. Recuerdo que usted tenga un hijo, más o menos de mi edad.

-Sí -musitó con un aire de tristeza-, pues yo sigo aquí, dando clases, cada vez me resulta más difícil lidiar con estos muchachos que no sueltan los teléfonos celulares.

-Me imagino, pero usted es una gran profesora. La plática no duró mucho ya que los alumnos la esperaban. En el sueño le prometí volver y hablar con sus alumnos sobre mi trabajo en el periódico.

Actualmente desconozco si la profesora sigue dando clases en esa escuela. La última vez que me llegaron noticias de esos maestros supe que uno de Historia y Civismo había renunciado y que escribió un libro sobre derecho laboral a partir de un caso legal que llevaba, ya que también era abogado.

La próxima vez que vaya a Oaxaca visitaré a esta maestra y si la encuentro les contaré qué platicamos.

Reverencia

El número de muertos por el tsunami que impactó las costas de Japón se había reportado en 6 mil 406, de acuerdo con un cálculo llevado por CNN en su cuenta de tuíter al momento en que comencé a escribir este texto.

La cantidad de fallecidos es vertiginosa. Un muerto ya hace todo un drama, lo he visto infinidad de veces. Diez ya se hacen demasiados y si se ponen uno tras otro apenas y alcanzarían a cubrirse en una sola toma fotográfica.

El saldo de los muertos de Japón impone un límite a la imaginación, a pesar de la contundencia de la cifra.

Mientras miraba en la red algunos videos que mostraban la destrucción de casas y la forma en que el agua se llevó varios autos, contemplé asombrado el poder de la naturaleza. Esto me permitió evocar una experiencia sobre la cual nunca me había detenido a pensar: la reverencia.

La naturaleza misma, su aparición por ejemplo a través de un desastre natural, es un fenómeno que se impone más allá del deseo humano, de sobrevivir en este caso.

Su poder destructivo es algo más grande contra lo que toda la inteligencia y voluntad de los hombres no pudo hacer nada significativo para evitarlo.

Hombres y mujeres únicamente pudieron contemplar su fuerza desde una colina elevada o desde uno de los grandes edificios que alcanzaron a quedar en pie, como se aprecia en los videos de youtube.

Ante “algo” tan grande como el poder de la naturaleza el único gesto adecuado, razonable, es la sencilla genuflexión que caracteriza al japonés en muchas estampas de pululan en la memoria colectiva occidental.

Inclinar la cabeza en silencio, como signo de respeto, como reconocimiento de una presencia y un poder más grandes, es la actitud más adecuada.

Claro, también cabe la rebeldía. El agitar las manos, el tratar de rasgar el aire durante la caída.

Esta época, en donde se nos ha enseñado a poner el “yo” por sobre todas las cosas no facilita en nada reconocer el valor de la reverencia. A esto se le conoce como egoísmo.

*   *   *

¿Por qué ha muerto tanta gente?, es una pregunta muy humana pero quizá imposible de contestar para mí.

Hace días escuché en una estación de radio que tras el cataclismo no se habían presentado episodios de rapiña en Japón, lo cual me alegró.

La gente más bien se ha recogido, ciertamente temerosa, en sus casas y compró lo necesario para subsistir.

Las calles de Tokio, documenta un video de la BBC, están solas. En ellas se percibe una gran tristeza, un gran duelo.

Este gesto de respeto por los demás, por sus personas y sus bienes, que han denotado los japoneses, también merece nuestro respeto.

El pueblo japonés es un gran pueblo y merece una reverencia.

Germán Dehesa, un apunte

La decisión de escribir para llevar el pan a la mesa ha mermado en cierto sentido la oportunidad de escribir para compartir experiencias personales.

Aunque no lo lamento demasiado, porque finalmente disfruto contar otras historias -muchas dramáticamente fatales-, no quisiera perder la oporunidad de decir algo sobre la muerte de Germán Dehesa.

Realmente no recuerdo si lo leí primero en su columna de REFORMA o si lo vi antes en la película de Cilantro y Perejil.

Lo que sí recuerdo es que hace años, cuando estudiaba en el Carlos Gracida, doña Amelia, madre de Gaby -una amiga-, me dijo haber visto una película con un personaje chistosísimo que la hacía de psicólogo y que le recordó a mí. (Era una época en la que gozaba de un mejor sentido del humor y mi profesor favorito -Aarón Sierra-, que era adepto al psicoanálisis, era el modelo a seguir).

Semanas depués pude ver la película y al darme cuenta que se trataba de Germán Dehesa.

Durante años seguí su columna del Ángel e incluso le escribí a su correo… sin recibir respuesta.

Me encantaba la forma en que hacía de lo cotidiano algo excepcional, además de su refinado sentido del humor aderezado con destellos culturales.

Cuando estaba en mis meses de prueba en el periódico sentí una gran emoción de ver publicada una nota mía sobre transas en el corralón de San Joaquín ¡al lado de una columna suya! (sería la única vez).

La noticia de su muerte me pareció realmente triste, aunque por las notas que leí murió en paz, rodeado de su familia… y hasta en su sillón favorito. (Que envidia).

Por lo demás nunca lo conocí en persona, aunque siempre recordaré algunos episodios de su vida, contados en su columna, y la valentía para denunciar públicamente a esos seres, que como los rinocerones, parecieran no tener una existencia justificada en este mundo, como dijo el mismo Germán.