Tío Pancho o de la justicia

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Tío Pancho

Durante mi infancia viví por temporadas en casa de mi tía Alicia y mi tío Francisco, en el Fraccionamiento San José La Noria de Oaxaca. Puedo decir que muchos de los momentos más alegres de mi vida transcurrieron en esa bella casa de color blanco, donde un altísimo pino –que convivía con un manzano cuyos frutos solían roer los murciélagos– señoreaba el jardín.

Cerca de ese pino solíamos jugar Carlos Armando y yo, quien iba con menos frecuencia la casa de mis tíos, pero cuando él estaba todo cobraba una nueva vida. Mis tíos estaban más alegres y yo también, desde luego.

Carlos y yo pasábamos las mañanas y las tardes jugando con nuestros He-Man, a veces tumbados en el jardín y a veces en la sala de la casa. Llegó un punto en que logramos acumular entre los dos buena parte de la colección. Normalmente solíamos desear algunos muñecos que tenía el otro, por lo que comenzamos un intercambio furtivo. Al final, yo no quedaba conforme y la frustración terminaba por quitarme la alegría y despertaba en mí un cierto distanciamiento de mi primo, a quien tanto quería.

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Carlos era tan sólo un año mayor que yo, pero era un niño muy despierto, en contraste conmigo, que siempre andaba como adormilado. Debido a su tendencia competitiva, Carlos acababa quedándose con los muñecos que él deseaba y podía retener los que no quería intercambiar. Yo, en cambio, perdía algunos que me gustaban y obtenía otros que no me agradaban tanto.

Mi disgusto fue tal que un día anduve todo emberrinchado y esto lo notó mi tí Pancho, como le decíamos de cariño.

—¿Qué tienes? —me preguntó.

—Es que Carlos se quedó con los muñecos que me gustan.

—Ah, vamos a ver.

Y nos reunió a los dos en la sala de la segunda planta, donde estaba el televisor y la videocasetera en la que pusimos tantas películas de Freddy Krueger. Nos pidió que pusiéramos todos los muñecos en el piso, sin ocultar ninguno, y que los distribuyéramos como los habíamos tenido originalmente. Carlos se mostró reacio, pero accedió. Yo también lo hice, doliéndome de la posibilidad de perder algún muñeco con el que ya me había encariñado.

—Deben acomodar los muñecos como los tenían originalmente.

—Sí, tío —le respondimos.

Mi tío se aseguró que habíamos reestablecido las cosas a su origen y luego nos dijo que podríamos pensar en qué muñecos no cambiaríamos jamás. Carlos y yo señalamos cuáles eran los más preciados para nosotros. Luego, nos pidió que los apartáramos.

—Bueno, esos muñecos no se tocan porque son los que más les gustan. ¿De acuerdo? Ahora pongan al frente los muñecos que sí podrían intercambiar.

Así lo hicimos. En turnos, mi tío nos iba animando a ofrecer lo que teníamos. Cada uno valoraba cambiar un muñeco por otro y podíamos negarnos a determinado cambio, pues a veces un muñeco estaba feo, despintado o simplemente no nos parecía atractivo. Ese día aprendí en un gesto el significado de la justicia y de la libertad y con el tiempo aprendí a comprender el valor de la autoridad.

Al final quedamos satisfechos con el intercambio, pero lo que ha quedado en mi memoria de forma imborrable ha sido la experiencia de una mirada tierna que me ayudó a desbloquear un conflicto con alguien que era muy importante para mi.

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Carlos y yo

Educar

Foto: Internet

Los sueños —aquellos que tenemos por las noches— están hechos de una materia extraña. Condensan el inconsciente con la memoria, la experiencias vividas y los deseos sublimados.

Aunque sé que la actividad cerebral no cesa ni en el descanso, pocas veces recuerdo mis sueños, lo que me lleva a afirmar de forma coloquial que yo “no sueño”.

Pero esta mañana sí recuerdo el contenido de uno de mis sueños. Estaba en una escuela, frente a varios maestros que habían sido convocados por una gruñona directora, la cual usaba la humillación como ‘método’ de ‘corrección’, tanto con alumnos como con maestros.

En un momento determinado me tocaba hacer una exposición de una lámina y comencé a hablar de educación. Mientras hablaba, me di cuenta que no sentía necesidad de exhibir a la profesora, sino apenas de compartir lo que reconozco de de bello y verdadero en el acto educativo.

Recuerdo que uno de los aspectos que siempre defendía era el de la libertad, decía algo así: “sin tomar en cuenta la libertad es imposible educar, pues educar es una tensión para verificar una propuesta, quien es educado escucha en un primer momento, pero no para aceptar acríticamente los contenidos, sino para constatar su verdad a través de la experiencia…”.

En el sueño, la maestra gruñona se removía incómoda en su silla y otros maestros tenían cara de no entender lo que decía. Pero algunos profesores, los más sensibles creo, sentían simpatía por la forma de plantear la educación, una forma que aprendí y que no es mía, y que a través del tiempo, y no sin dificultades, he podido ir confirmando.

¿Qué son las fichas de lectura?

La mayor actividad de una persona dedicada a la filosofía y a la enseñanza debe ser la lectura. Personalmente me he encontrado en la encrucijada de estas dos realidades. A veces deseo haber leído más de lo que hasta ahora he revisado con los ojos, pero más que haber leído “más”, lo que en realidad hubiera agradecido es que se me hubiera enseñado, desde lo más temprenemente posible, a “leer bien”, a entender la lectura y a ubicar un modo de reseñar lo leído. Durante mi estancia en la universidad aprendí a hacer fichas de lectura como un mecanismo útil para ubicar las ideas centrales de una lectura. Sobre este tema, en su libro, Cómo se hace una tesis (Gedisa, 2001) Umberto Eco apunta:

Entre todos los tipos de fichas, las más habituales y a fin de cuentas las más indispensables son las fichas de lectura; es decir, las fichas en que anotáis con precisión todas las referencias bibliográficas concernientes a un libro o artículo, donde sintetizáis el tema, seleccionáis alguna cita clave, formuláis un juicio, añadís una serie de observaciones.

Como se puede ver, su importancia es relevante ya que es el lugar en donde se reúne todo aquello que se debe antoar de un libro en una lectura académica, es decir con una orientación a un trabajo posterior (tesis, artículo, comentario).

En el presente blog pretendo publicar algunas fichas de lectura de libros leídos durante mi estancia en la universidad y como profesor de filosofía. Mucho me gustaría que pudieran ser, para quien las lea, una aproximación a las ideas centrales de los textos en cuestión. Si alguno tuvera un enfoque distinto de la lectura o algún comentario qué hacer me agradaría recibir algún comentario a mi correo electrónico.

Buena lectura

Víctor Hugo Vorrath

victorvorrath@gmail.com

«Sólo el estupor conoce»

«Sólo el estupor conoce»*

Víctor Hugo Vorrath

Solamente se puede llegar a conocer aquello que causa en el hombre una admiración profunda, lo que genera un atractivo, aquello que causa estupor. El conocimiento está íntimamente ligado al afecto, Luigi Giussani lo expresa así: «por eso no se puede conocer si no se conoce con afecto: sin afecto no hay conocimiento, sino proyección de un prejuicio sobre la cosa. Es el asombro que la cosa engendra lo que hace capaz a la inteligencia para aprehenderla (el niño es así)» [1]. Llama la atención la última parte de esta cita: el niño es así. En el espacio escolar esto es evidente, los niños son los más sinceros espectadores que aprueban o desaprueban cuando algo les atrae.

La postura inicial para relacionarse con la realidad –origen de todas las ciencias y de todas las humanidades– es el estupor, cualquier otra manera resulta reductiva: el poder, el éxito, la fama. Gregorio de Nisa [2] escribe al respecto en La vida de Moisés: «los conceptos crean los ídolos; sólo el estupor conoce».Con el paso del tiempo los adultos vamos perdiendo esta disposición natural de asombrarnos, y con ello nos vamos relacionando con las cosas de un modo más pobre, tan pobre, que la realidad nos puede abrurrir. El aburrimiento surge cuando la realidad ya no tiene un atractivo para mí, no porque no lo posea, sino porque mi actitud hacia ella ya no es adecuada, porque he dado cabida a los ídolos de los que hablaba Gregorio de Nisa en la cita anterior.

El día de hoy se nos presenta una oportunidad para volver a la realidad y sorprendernos de ella. Todos los trabajos de nuestros niños pretenden mostrarnos el atractivo de la ciencia y de las humanidades. Pero sobre todo hoy podemos aprender de ellos a volver a esa mirada de asombro con la que llegamos a este mundo.

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* Mensaje preparado especialmente para la «III Feria de las Ciencias y Humanidades» del Colegio Simón Bolívar, Puebla, 2005.

 

[1] GIUSSANI Luigi, L’io, il potere, le opere. Contributi da un’esperienza, Marietti, Genova, 2000; p. 78, cita tomada de DÍAZ Ramón, El yo renace de un encuentro vivo, s/d, Puebla, 2004.
[2] GREGORIO DE NISA, La vida de Moisés, PG 44, col. 377 B

 

[Abril de 2005]