¡Aviéntate!

Ciudad de México.- Al viajar en la Ecobici sobre Félix Cuevas y doblar en Juan Sánchez Azcona me topé con un señor que estaba parado justo en medio de la calle sin intención de moverse. Él vio que yo iba a dar vuelta y aún así no se quitó, lo que me obligó a rodearlo. Es un hecho que los peatones tienen preferencia ante un ciclista, aunque no es tan evidente que la calle es un espacio de tránsito y que el instinto lleva a uno a correr cuando ve que  viene un vehículo. Mientras pasaba a lado el señor, él gritó:

—¡Aviéntate!, ¡no tengas miedo!

El individuo en cuestión era un padre que le decía a su hijo que se animara a lanzarse en su triciclo desde una rampa para autos. Con el rabillo del ojo apenas y me percaté del chiquillo que se lanzaba hacia su papá. Mientras me alejaba escuché el ruido del triciclo que se movía.

Al avanzar hacia el trabajo me vinieron a la cabeza dos ideas a raíz de este episodio. Me pareció fabuloso ver que un padre desafiaba a su hijo para lograr un reto, en este caso vencer el miedo al vértigo que produce una rampa. Creo que la personalidad de un niño se estructura precisamente frente a una presencia que le dota de seguridad, sin embargo, el lugar en donde el padre le proponía “fiarse” al niño era el menos adecuado (¡un crucero altamente transitado!). Pareciera que el padre, por el hecho de ser él mismo, tendría el poder de detener a algún vehículo veloz que en lugar mío hubiera avanzado por la calle que tomé. Me quedé pensando en cuántas veces actúo como este hombre, proponiendo a los míos fiarse en circunstancias en las que no resulta razonable arriesgar algo, no porque confiar esté mal, sino porque el lugar y el momento no lo permiten. A esta capacidad de discernir el momento oportuno para desarrollar una acción los antiguos la llamaban prudencia, virtud hoy olvidada y que tanto nos ayudaría a convivir.

Septiembre de 2016

 

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