A través de la diversidad

El metro de la Ciudad de México

Salí con mi gato de la Ciudad de México a Puebla y tomé el Metrobús rumbo a la estación Insurgentes. Los chillidos de Ficino llamaron la atención de todos; algunos se ponían nerviosos y otros se enternecían al mirarlo. Tras abordar, retomo la lectura del libro que inicié esta semana y me detengo a pensar en la crisis del ateísmo del autor tras la muerte de su abuela. El gato ya se ha calmado y no se oyen sus chillidos. El autor plantea varias tesis interesantes y me llaman la atención dos: el ateo tiene una firme “creencia” en la inexistencia de Dios (si demostrar su existencia de forma contundente parece tarea imposible, mostrar igualmente su inexistencia es otra tarea titánica y el edificio argumental no está exento de vacíos que abran la posibilidad a la duda) y que el ateo extraña a Dios como aquél hombre que se ha enemistado con un gran amigo en quien no deja de pensar. Se sube al Metrobús un grupo de cubanos y uno de ellos comienza a hablarle a su amada por teléfono. Detengo mi lectura y trato de entender lo que dice, pero me cuesta trabajo porque habla muy rápido y pega –arrastra– demasiado las palabras, las fusiona con ese tono característico de quienes viven cerca del mar. “Dale, dale”, le oigo decir al despedirse. Trato de retomar la lectura, pero la voz de una mujer sale del primer vagón y empieza a recitar un discurso religioso, entre el ruido del transporte y el viento que se cuela por las ventanas distingo algo así como una plegaria y luego vocifera complots políticos y afirma que Peña y sus secuaces han sido sustituidos por dobles malvados. “Está tocada”, pienso y trato de seguir escuchándola. La gente ahora se torna nerviosa cuando ella toca el tema de Dios. Alguna pasajera visiblemente inquieta se acomoda en su asiento y se inclina para mirar a la mujer, quien chupa a gusto una paleta de cajeta mientras habla sobre Dios y los políticos. Es curioso ver que mucha gente parece enfermar ante el discurso religioso, cuando hay cosas verdaderamente alarmantes en el mundo. Llega un punto en que la mujer se calla, tal vez se ha cansado luego de hablar de corrido casi veinte minutos. Llego a mi destino, guardo el libro y tomo al gato para dirigirme al Metro, rumbo a San Lázaro.

Los pasillos de la dirección a Pantitlán no lucen demasiado llenos, pero los vagones sí lo están. Veo que en los de los extremos va menos gente, pero solamente puedo ir a los vagones de atrás porque los del frente están reservados para mujeres y hay guardias que vigilan el acceso. Dejo pasar tres trenes, para ver si mengua el gentío, pero no, por lo que al cuarto tren me dirijo al final y abordo con mi gato. Al ingresar me recibe un intenso olor a “mona”, como se conoce al químico (PVC, solvente) que inhalan los “chemos” para drogarse. En el vagón hay unos 25 muchachos, hombres y mujeres que se van dando unos “toques”. Hay pocas personas que no pertenecen a ese grupo y en su cara se nota miedo y desagrado. Tomo a mi gato y me coloco a lado de uno de los chavos, quien me ignora, tiene la mirada extraviada. Pero hay otros que no me quitan la vista desde que subí, la intensidad de sus miradas es tan intimidante que de inmediato saco mi libro y finjo leer. El temor también se ha apoderado de mi y comienzo a considerar bajarme en la próxima estación para cambiar de vagón. El tren avanza y los chavos entonan una oda violenta con cariz sexual, los pocos que estamos ajenos a ese grupo sentimos crecer la zozobra. El vagón está por llegar a la siguiente estación y alguno grita “nadie entra”. De inmediato, tres parejas se apostan en las puertas del vagón e impiden el ingreso de más pasajeros, quienes, molestos, se quedan en el andén. Los otros, diversos, estorban a los chemos, les restan libertad de acción, de explaye. Lo mismo ocurre en las próximas dos estaciones: “nadie entra”. Empiezo a pensar en qué momento esa orden mutará en “nadie sale”. Una tribu urbana se ha apropiado por algunos minutos de un vagón, su ley no escrita se impone. Al llegar a la siguiente estación baja un hombre y al abrirse la puerta activa la alarma de emergencia y se sale. El vagón no avanza. El que dio la orden vuelve a dar otra: “vayan por ese cabrón”. Obedecen dos y vuelven sin nada, se les peló. El que da las órdenes le dice a su grupo que simulen viajar tranquilos, pues prevé que lleguen policías. Al momento, todos ocupan lugares, unos se hacen los dormidos y otros tratan de adoptar un comportamiento “normal”, lo que para ellos es tranquilo, apolíneo. Llegan dos policías a tratar de liberar el mecanismo de emergencia con una llave. Piden a todos salir del vagón, un oficial me mira y me dice que salga. Tomo a mi gato y me meto en otro vagón que está más lleno. El tren no avanza. Quizá los policías negocian con los “chemos”, pienso. Luego de unos minutos avanza el tren y llego a la Tapo. Tomo el autobús rumbo a Puebla y pienso en lo que ha ocurrido en esta última hora y media. Pienso en la diversidad de esta ciudad y en la diversidad de su gente. Luego recuerdo mi lectura que versa sobre el ateo en crisis y sobre Dios: el ser del que se pregona la diversidad más radical (el totalmente Otro) y que también es causa de incomodidad para muchos.

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