Las confidencias de Carlos

IMG_1324
Carlos (abajo a la derecha) con otros primos. Yo sostengo el balón.

Mi primo Carlos Armando ha sido quizá la persona con la que viví por primera vez esa experiencia que llamamos amistad.

En las temporadas de vacaciones, que en la infancia me parecían eternas, pasábamos varios días en casa de tío Pancho y tía Alicia, quienes nos querían como a sus hijos.

Allí siempre había una habitación para nosotros y nos acomodaban en una cama grande.

Carlos era un tanto nervioso y le costaba conciliar el sueño con facilidad, por lo que solía platicar antes de dormirse. Yo, en cambio, sentía sueño con tan solo estar acostado.

A veces creo que era miedo lo que en verdad invadía a Carlos. Nunca supe a qué le temía realmente. Una sombra o un ruido desconocido bastaban para ponerlo inquieto y luego necesitaba hablar bastante para tranquilizarse.

Carlos en ocasiones decía cosas que luego me metían en problemas, porque no sabía bien a bien lo que significaban. Como esa ocasión en que me contó que en la escuela le habían dicho que los condones evitaban el sida y que la gente los usaba para no tener hijos.

—Ah, sí, los condones —dije yo para no parecer que ignoraba el tema, a pesar de que no tenía no idea de qué eran.

—Con eso ya no te da sida —enfatizó ufano mi querido primo.

Al día siguiente, durante el desayuno —recuerdo que había sido puesto en el pequeño desayunador circular aledaño a la cocina—, solté cándidamente frente a mis tíos lo que había dicho Carlos al no poder dormirse.

—¡Si usas condón, ya no te da sida!

Nada más alcancé a sentir una patada de Carlos debajo de la mesa y vi cómo palidecía y me miraba con los ojos bien abiertos.

Luego me volví a ver a mi tío Pancho, que estaba tomando café, y a mi tía Alicia, que tomaba jugo de naranja. Me dio la impresión de que casi escupían sus bebidas. Ambos cruzaron una mirada, algo apenados. Al verlos entendí que había dicho algo polémico.

—¿Y dónde escuchaste eso? —me preguntó mi tío.

—Pues me lo dijo Carlos.

En ese momento, mi primo bajó la cara avergonzado y me soltó una mirada recriminatoria.

Mi tío Pancho intervino con la paciencia que lo caracterizaba y nos explicó qué era el condón, qué era el sida y dejó entrever algo de la complejidad de las relaciones humanas, además de dejar bien claro que el condón no resuelve todos los problemas, como habíamos entendido mi primo y yo. Pero lo que más me sorprendió fue que no hubiera un solo reproche para Carlos o para mi, sino que mi tío tomó el desafío que le habíamos planteado y lo enfrentó.

Reflexiones sobre la amistad

Sine amicitia vita esse nullam
Cicerón

La vida no es nada sin amistad. Este juicio lo encontré hace algunos años en uno de esos libros que recopilan frases célebres y como es típico de este tipo de obras no se ofrecía un contexto para poder comprender el sentido de las palabras de Cicerón. Han tenido que pasar varios años, mucha gente y una compañía para poder entender estas palabras, para poder afirmar cuál es el valor de una amistad.

Si miro mi vida en retrospectiva, especialmente si me detengo a observar los momentos más emotivos, más significativos, aquellos aspectos que cobran más relevancia, siempre encuentro una presencia, una persona.

Mi pasión por la filosofía, por ejemplo, jamás hubiera nacido si frente a mis ojos no hubiera estado un maestro, una persona verdaderamente apasionada por escudriñar el misterio de la realidad. Si este hombre jamás hubiera aparecido en el transcurso de mi existencia, entonces la pasión intelectual por abordar la realidad no habitaría en mí.

Si a mi lado no hubieran existido dos jóvenes de mi edad que con su vida afirmaran que el estudio posee belleza y que les importa mi felicidad, entonces la etapa de la escuela jamás habría podido sortearla, y habría terminado pensando cómo muchos jóvenes de mi generación: la vida no tiene sentido, es decir, la vida no tienen nada bello que ofrecerme, la vida no tiene nada verdadero para mí.

Por eso hoy que empiezan a sonar por todas partes comentarios acerca del amor y acerca de la amistad considero conveniente que nos detengamos ante las palabras de Cicerón y reconozcamos su verdad: nuestra vida, su verdad, su bondad y su belleza están porque ha existido alguien que con su vida nos ha revelado que es posible vivir para cumplir el deseo que tenemos de ser abrazados por la felicidad.

La vida tiene sus ciclos, éstos suelen expresarse a través de gestos y de fiestas. Es justo reconocer a la amistad en su verdadera dimensión: compartir la exigencia de felicidad con otro y vivir dentro de esta compañía. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestros amigos es un interés sincero por su destino, que es un grito que pide la felicidad.

[Febrero 2005]