«Sólo el estupor conoce»

«Sólo el estupor conoce»*

Víctor Hugo Vorrath

Solamente se puede llegar a conocer aquello que causa en el hombre una admiración profunda, lo que genera un atractivo, aquello que causa estupor. El conocimiento está íntimamente ligado al afecto, Luigi Giussani lo expresa así: «por eso no se puede conocer si no se conoce con afecto: sin afecto no hay conocimiento, sino proyección de un prejuicio sobre la cosa. Es el asombro que la cosa engendra lo que hace capaz a la inteligencia para aprehenderla (el niño es así)» [1]. Llama la atención la última parte de esta cita: el niño es así. En el espacio escolar esto es evidente, los niños son los más sinceros espectadores que aprueban o desaprueban cuando algo les atrae.

La postura inicial para relacionarse con la realidad –origen de todas las ciencias y de todas las humanidades– es el estupor, cualquier otra manera resulta reductiva: el poder, el éxito, la fama. Gregorio de Nisa [2] escribe al respecto en La vida de Moisés: «los conceptos crean los ídolos; sólo el estupor conoce».Con el paso del tiempo los adultos vamos perdiendo esta disposición natural de asombrarnos, y con ello nos vamos relacionando con las cosas de un modo más pobre, tan pobre, que la realidad nos puede abrurrir. El aburrimiento surge cuando la realidad ya no tiene un atractivo para mí, no porque no lo posea, sino porque mi actitud hacia ella ya no es adecuada, porque he dado cabida a los ídolos de los que hablaba Gregorio de Nisa en la cita anterior.

El día de hoy se nos presenta una oportunidad para volver a la realidad y sorprendernos de ella. Todos los trabajos de nuestros niños pretenden mostrarnos el atractivo de la ciencia y de las humanidades. Pero sobre todo hoy podemos aprender de ellos a volver a esa mirada de asombro con la que llegamos a este mundo.

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* Mensaje preparado especialmente para la «III Feria de las Ciencias y Humanidades» del Colegio Simón Bolívar, Puebla, 2005.

 

[1] GIUSSANI Luigi, L’io, il potere, le opere. Contributi da un’esperienza, Marietti, Genova, 2000; p. 78, cita tomada de DÍAZ Ramón, El yo renace de un encuentro vivo, s/d, Puebla, 2004.
[2] GREGORIO DE NISA, La vida de Moisés, PG 44, col. 377 B

 

[Abril de 2005]

 

Reflexiones sobre la amistad

Sine amicitia vita esse nullam
Cicerón

La vida no es nada sin amistad. Este juicio lo encontré hace algunos años en uno de esos libros que recopilan frases célebres y como es típico de este tipo de obras no se ofrecía un contexto para poder comprender el sentido de las palabras de Cicerón. Han tenido que pasar varios años, mucha gente y una compañía para poder entender estas palabras, para poder afirmar cuál es el valor de una amistad.

Si miro mi vida en retrospectiva, especialmente si me detengo a observar los momentos más emotivos, más significativos, aquellos aspectos que cobran más relevancia, siempre encuentro una presencia, una persona.

Mi pasión por la filosofía, por ejemplo, jamás hubiera nacido si frente a mis ojos no hubiera estado un maestro, una persona verdaderamente apasionada por escudriñar el misterio de la realidad. Si este hombre jamás hubiera aparecido en el transcurso de mi existencia, entonces la pasión intelectual por abordar la realidad no habitaría en mí.

Si a mi lado no hubieran existido dos jóvenes de mi edad que con su vida afirmaran que el estudio posee belleza y que les importa mi felicidad, entonces la etapa de la escuela jamás habría podido sortearla, y habría terminado pensando cómo muchos jóvenes de mi generación: la vida no tiene sentido, es decir, la vida no tienen nada bello que ofrecerme, la vida no tiene nada verdadero para mí.

Por eso hoy que empiezan a sonar por todas partes comentarios acerca del amor y acerca de la amistad considero conveniente que nos detengamos ante las palabras de Cicerón y reconozcamos su verdad: nuestra vida, su verdad, su bondad y su belleza están porque ha existido alguien que con su vida nos ha revelado que es posible vivir para cumplir el deseo que tenemos de ser abrazados por la felicidad.

La vida tiene sus ciclos, éstos suelen expresarse a través de gestos y de fiestas. Es justo reconocer a la amistad en su verdadera dimensión: compartir la exigencia de felicidad con otro y vivir dentro de esta compañía. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestros amigos es un interés sincero por su destino, que es un grito que pide la felicidad.

[Febrero 2005]