Elegía a modo de ensayo

Desde hace unos días el nombre de uno de mis ex alumnos resuena en mis redes sociales. Las publicaciones en Facebook y algunos tuits mencionan la desaparición de Isidro, allá en el mar de mi entrañable Oaxaca. Veo a los compañeros de su generación conmocionados por el dolor de su pérdida y entiendo que su familia lo estará igualmente.

Yo fui profesor de filosofía para niños de Isidro y lo recuerdo precisamente como era en la época en que iba a la primaria: un niño tímido y algo despeinado, pero que sonreía como modo de relación con los demás. Francamente no recuerdo mucho más, lo cual me ocurre con la mayoría de sus compañeros de generación.

Ante la pérdida de un ser querido hay poco que decir, pues la muerte es un misterio en el que la razón siempre se queda en la orilla, astibando un horizonte inaccesible para la experiencia. Con todo, hay algunas consideraciones que se pueden hacer “desde esta orilla”.

Lo primero que veo, si examinamos fenoménicamente el problema de la muerte, es que cuando un ser querido se va surge en nosotros un deseo de que esa persona siga a nuestro lado. Las razones por las que anhelamos la permanencia de alguien que amamos son muchas, pero invariablemente deseamos que toda presencia que ha sido buena para nosotros esté siempre, es decir, en nuestra estructura humana hay “algo” que pide que todo lo bueno, bello y verdadero no deje de acompañarnos nunca.

Por otra parte, la partida de un ser querido abre siempre la pregunta por Dios, seamos creyentes o no. Todos los ritos fúnebres que conozco (sé que hay funerales laicos en otras partes del mundo) llevan siempre una evocación a la divinidad. Ante esto solamente puedo hablar desde lo que conozco del cristianismo católico, que es la religión en la que me formé, y atisbar quizá un poco lo que dicen en otras religiones.

Para los cristianos, la muerte no es el fin de la vida, sino la ocasión en que la persona puede mirar cara a cara al Creador del cosmos y de su persona particular. De hecho, lo que sostiene toda la estructura del cristianismo es precisamente el hecho de que todos los que mueren volverán a vivir (en una versón mejorada), esto basado en la muerte y resurección de Jesucristo, de ahí que se pregone: “sin la resurección, vana es nuestra fe”.

Sé que el ambiente en que vivimos muchas veces no facilita creer: los escándalos en la Iglesia, la vida tan falta de compromiso de muchos cristianos, la división de las iglesias, la pérdida de la consciencia de lo que somos nosotros mismos y la rendición a la mentalidad dominante. Sin embargo, basándome en los dos puntos señalados anteriormente cabe preguntarse: ¿es que ese deseo de verdad, bien y belleza que nos constituye está condenado a perderse con la muerte?, ¿es que no hay nada que lo colme y entonces lo único que debemos hacer es conformarnos con el dolor que nos deja cada pérdida? Pero también podemos preguntar: ¿es el cristianismo capaz de dar respuesta a estos deseos?, ¿es que la fe tiene alguna utilidad frente al misterio de la muerte? Bueno, allí hay que tomar un riesgo y probar la hipótesis que plantea el cristianismo y si después de implicarse en la búsqueda uno no encuentra lo que busca, siempre se puede optar por otra cosa, al fin que uno es libre. Pero lo interesante no está en abandonar, que eso lo podemos hacer con cualquier cosa, sino en  verificar si hay motivos —¡razones!— para creer desde el interior de una experiencia.

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Foto: Internet

Los sueños —aquellos que tenemos por las noches— están hechos de una materia extraña. Condensan el inconsciente con la memoria, la experiencias vividas y los deseos sublimados.

Aunque sé que la actividad cerebral no cesa ni en el descanso, pocas veces recuerdo mis sueños, lo que me lleva a afirmar de forma coloquial que yo “no sueño”.

Pero esta mañana sí recuerdo el contenido de uno de mis sueños. Estaba en una escuela, frente a varios maestros que habían sido convocados por una gruñona directora, la cual usaba la humillación como ‘método’ de ‘corrección’, tanto con alumnos como con maestros.

En un momento determinado me tocaba hacer una exposición de una lámina y comencé a hablar de educación. Mientras hablaba, me di cuenta que no sentía necesidad de exhibir a la profesora, sino apenas de compartir lo que reconozco de de bello y verdadero en el acto educativo.

Recuerdo que uno de los aspectos que siempre defendía era el de la libertad, decía algo así: “sin tomar en cuenta la libertad es imposible educar, pues educar es una tensión para verificar una propuesta, quien es educado escucha en un primer momento, pero no para aceptar acríticamente los contenidos, sino para constatar su verdad a través de la experiencia…”.

En el sueño, la maestra gruñona se removía incómoda en su silla y otros maestros tenían cara de no entender lo que decía. Pero algunos profesores, los más sensibles creo, sentían simpatía por la forma de plantear la educación, una forma que aprendí y que no es mía, y que a través del tiempo, y no sin dificultades, he podido ir confirmando.

Bauman, Kundera y el amor

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“Los amantes”, René Magritte.

Ayer por la tarde salí al centro de Tlalpan y me encontré con una pareja de ancianos. Los vi sentarse en una banca. Yo estaba detrás de ellos. No escuché lo que platicaban, pero la cercanía de sus cuerpos, la manera de apoyarse uno contra el otro y de rozar sus hombros, delataba una complicidad y una intimidad construida durante años. Las arrugas en sus rostros y sus manos, además de la dificultad que tenían para sentarse, me hicieron pensar que ambos pasaban de los 70 años. Estuve detrás de ellos durante más de una hora, observándolos con curiosidad y con nostalgia, pues en ellos veía la realización de un deseo mío.

Poco después me dirigí a la librería del Fondo de Cultura Económica que está cerca de la plaza principal y compré Amor líquido, de Zygmunt Bauman. Al inicio, el autor cita la novela El hombre sin atributos de Robert Musil. Ulrich, el personaje central, carece de atributos propios y debe desarrollarlos con su propio esfuerzo; sin embargo, nada le garantiza que esos atributos durarán para siempre “en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles”. Bauman traza un paralelismo entre Urich y las relaciones humanas actuales. Los hombres de hoy no tienen vínculos fuertes, “deben amarrar los lazos que prefieran como eslabón para ligarse con el resto del mundo humano basándose exclusivamente en su propio esfuerzo y con ayuda de sus propias habilidades y de su propia persistencia. Sueltos… deben conectarse. Sin embargo, ninguna clase de conexión tiene garantía de duración. De todos modos, esa conexión no debe estar bien anudada, para que sea posible desatarla rápidamente cuando las condiciones cambien… algo que en la modernidad líquida ocurrirá una y otra vez”.  Pienso en los ancianos antes citados y reconozco que efectivamente ellos pertenecen a otro tiempo, a uno sólido.

En la mesa del comedor tengo desde hace días La insoportable levedad del ser de Kundera. Aunque la leí hace tiempo, la conseguí recientemente en un intercambio con un compañero de trabajo y la dejé a la mano para echarle una ojeada de vez en cuando. El texto de Bauman ayuda a entender el del Kundera. Tomás al principio ama a Teresa al estilo en que amamos todos en este tiempo, percibe el ser como leve, o como diría Bauman, como líquido. Pero conforme avanza la historia no puede evitar sentir una ternura por Teresa que no había sentido antes con otra mujer; con todo, se resiste y pone una distancia. Teme que Teresa le reste libertad: “el acuerdo tácito sobre la amitad erótica presuponía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. (…) Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sentía necesidad de cambiar su estilo de vida”.

Bauman señala bastante bien la paradoja: los hombres de esta sociedad líquida están “siempre ávidos de la seguridad de la unión de una mano servicial con la que puedan contar en los malos momentos, es decir, desesperados por ‘relacionarse’. Sin embargo, desconfían todo el tiempo del ‘estar relacionados’, y particularmente de estar relacionados ‘para siempre’, por no hablar de ‘eternamente’, porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones que no se sienten  capaces ni deseosos de soportar, y que pueden limitar severamente la libertad que necesitan —sí, usted lo ha adivinado— para relacionarse…”.

Aceptemos que vivimos en una sociedad líquida o que el ser es leve para explicar las relaciones humanas frágiles. Aún quedan pendientes de responder dos preguntas: ¿de dónde surge este impulso a establecer vínculos que nos lleva a fracasar tan estrepitosamente? y ¿por qué es imposible arrancarse este deseo?

 

Mendigo

El Metrobús está lleno a esta hora. A empujones, me abro paso entre la muchedumbre y apenas logro colarme a su interior. La puerta cierra tras de mí, como dice el bolero, y otros se quedan en el andén con las ganas subirse al que quizá sea el penúltimo transporte.

Tras ingresar, debo afirmarme para evitar ser aplastado. Después de un rato todos tomamos un lugar del mismo modo en que las partículas de una mezcla heterogénea se sedimentan después de una fuerte sacudida. En la parte que une los dos carros hay un hombre. Es un mendigo. Anuncia su condición su barba abundante y desarreglada, así como su hedor y unas grandes bolsas negras en las que tal vez lleva botellas de plástico o latas. Nadie lo mira, de hecho, nadie se mira entre sí, a pesar de viajar tan cerca. La mirada intimida, desafía, sobre todo si es al rostro. El hombre trata de abrirse paso para salir y lo consigue casi sin esfuerzo, pues, mientras se mueve la hediondez, se activa e inunda el vagón. Al fin logra salir y la gente que se queda se tapa la nariz sin poder evitar el asco. La penetrante pestilencia permanece durante algunas estaciones dentro de la unidad.

Pienso en ese hombre y pienso en mi, inevitablemente. De algún extraño modo me atrae la debilidad humana, quizá porque en la debilidad de los demás veo la mía. Nadie sabe la historia de este mendigo, desconocemos qué ha tenido que pasar en su vida para terminar así, harapiento, desaliñado, hediondo. Su drama es seguramente más grande de lo que alcanzamos a ver en ese breve instante. Imagino que tiene hambre y que tal vez no tenga, como yo, un lugar dónde dormir seguro.

Nos movemos con tanta petulancia, con tanta arrogancia, que el otro nos es indiferente, que su necesidad no nos toca, por eso ante su debilidad lo único que hacemos es taparnos la nariz, cuando muchas veces somos, como dice el Evangelio, sepulcros blanqueados.

Un profeta posmoderno

Alberto Savorana viaja por el mundo con una sola finalidad: dar a conocer la biografía de un sacerdote que ha humanizado a propios y extraños

Por Víctor Vorrath

El periodista italiano Alberto Savorana llegó al País en la víspera del aniversario 206 de la Independencia de México, un día antes de la presentación de la biografía del sacerdote Luigi Giussani, fundador del movimiento católico Comunión y Liberación, la cual se efectuó en el World Trade Center el 16 de septiembre.

Savorana, licenciado en historia y filosofía por la Universidad de Bolonia y quien ha trabajado para la cadena RAI en Nueva York, ahora viaja por todo el mundo presentando la “Vita di don Giussani”, publicada originalmente por la editorial Rizzoli de Milán y traducida más tarde por Ediciones Encuentro de Madrid.

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Alberto Savorana / Foto: Hugo León

El historiador avecindado en el periodismo desde 1987 admite que no cuenta con redes sociales, y quizá no las necesite ya que está en el centro de uno de los movimientos eclesiales más grandes de la Iglesia católica. Comunión y Liberación, conocido por las siglas CL, está presente en más de 80 países y cuenta con aproximadamente 65 mil miembros inscritos en la fraternidad en todo el mundo, sin contar a aquellas personas afines que no han formalizado su adhesión. Una muestra de su convocatoria se vio en una audiencia que en 2015 le concedió el Papa Francisco al movimiento y sus integrantes abarrotaron la Plaza de San Pedro para escucharlo. El de esa ocasión no fue un discurso agradable para CL, ya que el sucesor de Pedro reclamó a los ‘ciellini’ que dejaran de fijarse en sí mismos y se centraran en Cristo. CL había estado antes del pontificado de Francisco en el centro de la curia romana, ya que su fundador era muy cercano a Juan Pablo II y a Benedicto XVI; incluso este último siendo cardenal, y a pocos meses de ser elegido Papa, ofició el funeral de Giussani. Contrario a lo que se pudiera pensar tras este episodio, CL ha sido uno de los movimientos que más ha defendido el pontificado del argentino, el cual enfrenta serias críticas del ala dura del catolicismo por su actitud de apertura hacia la comunión a los divorciados vueltos a casar. Curiosamente, CL vio el llamado de atención como la corrección que un padre da a un hijo con la intención de que no pierda el camino.

Ahora Savorana llega a México con la esperanza de que Giussani sea conocido en una tierra en donde domina un tipo de catolicismo que a veces es excluyente y otras tantas indolente a problemas sociales, pero que invariablemente es fervoroso.

Entrevistado en un hotel cercano al recinto donde presentará su libro, Savorana admite que no conoce el País, pero con ayuda de César, un contador público que es miembro de CL y domina bien el italiano, el periodista me cuenta que los problemas de México y de Italia nos son demasiado diferentes, sobre todo en lo que concierne a la religión.

El autor sabe que al momento de su arribo al País se debate en México una iniciativa del Presiente Enrique Peña que busca legalizar las uniones entre personas del mismo sexo, lo que ha generado un rechazo enérgico por parte de grupos conservadores, los cuales han encabezado marchas multitudinarias en diversos estados. También sabe de la violencia que desangra al País.

Cuestionado sobre la actitud que asumen los católicos frente a las personas LGBT, Savorana afirma no estar autorizado para dar una respuesta, sin embargo, aventura una explicación para comprender los problemas de convivencia y violencia.

“Por lo que he podido ver es una situación parecida a la que vivimos en Italia y en otros países, con problemáticas que se refieren a las personas, al trabajo, a la vida de las personas. Y también aquí me parece que hay personas que están en la búsqueda de un camino, en un momento de crisis que se refiere a todos los niveles de la vida personal, pública, y por lo tanto me parece que todos estamos en algún modo obligados a interrogarnos sobre los problemas de fondo, que se refieren a una posibilidad de la vida pacífica, de una convivencia, de una posibilidad del diálogo y de encuentro por un bien común que se puede construir solamente juntos. Si uno se atrinchera solamente sobre sus propias posiciones solamente se aumentan los problemas”, declara Savorana con parsimonia, pero con la firmeza de quien se sabe afincado en una certeza.

Pongo sobre la mesa la crisis que atraviesa la Iglesia en México, le hablo de la pérdida de creyentes y de las actitudes de desprecio y falta de caridad que muchos asumen ante quienes no piensan como ellos. Savorana no se muestra sorprendido ante el planteamiento y afirma que tiene una referencia del problema, ya que estas circunstancias también golpearon a Italia entre los años 50 y 60, lo que condujo a la pérdida de la fe en su país. Aventura, siguiendo a Giussani, que lo que ha entrado en crisis es el deseo de justicia, de bondad y de belleza, que es esto lo que se ha perdido, lo que se ha derrumbado y que la forma de superar esta circunstancia es a través de la educación, pero no entendida como instrucción escolar, aunque también la implica, sino como una revalorización de lo específicamente humano.

“Lo que Giussani llamaba las evidencias, que se refiere a un complejo de deseos, de exigencias, de belleza, de felicidad, de justicia, de bondad, de felicidad, que constituyen al hombre, eso es lo que ha ido en crisis, sería una ilusión pensar que a esta crisis se puede responder sólo con leyes, con reclamos morales, es mejor una ley justa que una ley equivocada y mejor un reclamo moral que no exista nada, pero esto no es suficiente porque lo que está en crisis es la estructura fundamental del hombre que ya no es capaz de reconocer últimamente lo que ve, lo que falta, lo que es bello, lo que es justo, lo que es injusto y esto solamente puede producirlo la educación en el tiempo, poner a las personas en las condiciones de descubrir esos fundamentos de la vida porque no hay un reclamo al respeto por el otro, si uno no comienza a percibirse a sí mismo dotado de un valor y se ha hecho experiencia de haber sido tratado de ese modo, sin esto se pueden intentar otros remedios, pero no creo que tengamos una solución”, afirma Savorana mientras expone al borde de su sillón.

El periodista también habla de recuperar el diálogo y evitar el orgullo a la hora de tratar de encarar los problemas sociales que aquejan al País. Savorana afirma que ha podido atestiguar que la renovación del catolicismo introducida por Giussani ha favorecido a la sociedad italiana y a otras sociedades en donde CL tiene presencia, pero evita decir que él o los miembros de su comunidad tienen la solución para todos los problemas, lo cual lo considera presuntuoso y que históricamente se ha visto que ha traído más daños que remedios para quienes así lo han considerado.

“México es un país profundamente católico, como Italia hasta los años 50 y 60, sin embargo allí tampoco bastaron las leyes justas y los reclamos morales para que la sociedad permaneciera unida. Estamos como regresando al inicio de todo, en donde la experiencia positiva de un bien puede permitir tomar una relación. Probablemente ahorita estamos en una situación más favorable porque la crisis nos ha vuelto de algún modo más humildes y menos presuntuosos, porque, ¿quién puede decir, en Italia o en México, esta es la solución para la crisis, esta es la varita mágica? Sería demasiado presuntuoso. Y entonces si no somos presuntuosos podemos descubrir las cosas fundamentales, que, me parece, es que el otro es un bien para mi, para la sociedad, tú eres esencial para el camino humano de mi vida, del trabajo, de la sociedad. Y así podría iniciar lo que el Papa no se cansa de reclamarnos, es decir, un encuentro en el diálogo, sin considerar a los otros para nada no se construye, porque en todos está un deseo de bien, también si está escondido. Ser útil en algún modo en la propia familia, la propia sociedad, y entonces con paciencia retomar esta consciencia, que el otro no es ante todo alguien de quién aprovecharse, o de molestar o de eliminar, sino que al contrario, esto tal vez podría hacernos tomar un camino positivo y retomar una solución”.

SUMISIÓN O LIBERACIÓN

Comunión y Liberación pueden ser dos términos que resulten contradictorios cuando se habla de religión, sobre todo cuando se ve el modo de operar a ciertos grupos fundamentalistas, como el Estado Islámico, en donde la persona queda disuelta dentro de una gran estructura de poder. Para Savorana no hay oposición en los conceptos que dan identidad a su movimiento, ya que el cristianismo se propuso a sí mismo como un instrumento de liberación desde sus orígenes, pero no del estilo que se esperaba en la época. Jesucristo, afirma Savorana, no era un libertador del tipo de Miguel Hidalgo o Simón Bolívar, sino alguien que podría liberar del mal físico y moral y dar una esperanza.

“El problema es que por mucho tiempo el cristianismo ha sido identificado con esta imagen de una religión que tiene en algún modo miedo de esta libertad, sin embargo, el cristianismo ha nacido como una estima profunda por la libertad del hombre, porque sin libertad no es posible aceptar la libertad, sería, de hecho una imposición, una opresión, y entonces es verdadero que en Italia, cuando el nombre nació, inmediatamente después de 1968, el año de la gran revolución juvenil de la sociedad, fue una gran sorpresa porque parecían términos contradictorios Comunión y Liberación, pero en realidad son profundamente unitarios  porque cuando nace el movimiento en el 68, los jóvenes que estaban con don Giussani y al inicio de este movimiento decían a sus amigos universitarios, que ocupaban las universidades: también nosotros, como ustedes, queremos la liberación, queremos algo bello, queremos liberar a las personas de la opresión, de la injusticia social, pero nosotros sabemos que no es una revolución violenta, que no es la fuerza del hombre la que puede obtener esta liberación, es una comunión, es decir, reencontrarse las personas que reconocen que su liberación no es fruto de las manos del hombre, sino es un don que Dios ha hecho a través de Jesucristo y que nosotros reconocemos todo el deseo de liberación que hay en cada hombre”.

CON INTELECTUALES

Alberto Savorana presentó la biografía de Giussani ante unas 300 personas, entre las que acudieron el titular de Asociaciones Religiosas de la Secretaría de Gobernación, Arturo Manuel Díaz de León, y el Arzobispo de Morelia.

Al autor lo acompañaron en el evento el filósofo Guillermo Hurtado, y el escritor y columnista Sergio González Rodríguez.

Para Hurtado, doctor en filosofía por la Universidad de Oxford y quien dirigiera el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, Giussani valora las preguntas últimas que tocan en lo profundo a cada hombre y el movimiento que fundó está lejos de ser un catolicismo “rancio” que a nadie interesa, además de que se alejó de tendencias de la extrema derecha que chocaron con los movimientos estudiantiles que se gestaron en los años 60.

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Guillermo Hurtado / Foto: Hugo León

“El movimiento de Giussani, que surge en la universidad italiana, ofreció una alternativa a los jóvenes de aquellos años una alternativa que no tuvimos en México. En México también, como en Italia, la universidad pública fue tomada por grupos de izquierda que pretendían expulsar el catolicismo. La respuesta en México a esos movimientos agresivos pues también fue violenta, ustedes recordarán el llamado MURO, Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, que era un grupo de golpeadores católicos, ¡háganme el favor!, que querían responder de la misma manera. Giussani trabajó para que la respuesta fuera muy diferente”, declaró el filósofo, quien este año publicó Dialéctica del Naufragio en el Fondo de Cultura Económica, un libro en donde narra la crisis de su ateísmo y su paso al agnosticismo.

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De izquierda a derecha: Sergio González Rodríguez, Guillermo Hurtado, Oliverio González, Alberto Savorana y César Hernández

Por su parte, González Rodríguez valoró el esfuerzo de Giussani por armonizar fe y razón y posteriormente hizo notar que las contradicciones de la sociedad mexicana derivan del choque de una sociedad mayoritariamente católica dentro de un Estado laico.

“Hay una compenetración muy clara en la propuesta de Luigi Giussani en torno a la relación entre razón y fe”, dijo el autor de Huesos en el Desierto para luego afirmar que en México el 80 por ciento de su población es católica.

“Esto es muy importante recordarlo porque el sector social está en un Estado laico, tenemos un estado laico en términos constitucionales, pero nadie piensa en la relación de un Estado laico con una sociedad mayoritariamente creyente, y aquí entran en acción las contradicciones que vemos todos los días en la sociedad. Tiene que avanzarse en una consideración, en una toma de conciencia profunda, de este problema cultural, histórico, de fondo, porque de otra manera estamos construyendo sociedades conflictivas, polarizantes, intolerantes”.

González Rodríguez añadió que el partidarismo moderno, que deriva en totalitarismos, es lo contrario a la propuesta de Luigi Giussani, que enfatiza el diálogo, el encuentro, el debate y la comprensión.

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Sergio González Rodríguez / Foto: Hugo León

DE LA BELLEZA A LA FE

Savorana narró en una de sus intervenciones una anécdota que aparece en la biografía que escribió y que marca el espíritu que motivaba a Luigi Giussani. En una ocasión sostuvo un encuentro  con un muchacho que renegaba de la religión y que citó un pasaje de la Divina Comedia  en donde el gigante Capaneo, que está en el Infierno, reta a Dios y el dice “tú no puedes  evitar que te maldiga y yo te maldigo”. Como el joven asumía esta postura beligerante, Giussani lo provocó diciéndole: “¿disculpe, este infinito que usted maldice, ¿no sería todavía más grande amarlo?”. Tras este episodio, el joven volvió al poco tiempo a la Iglesia.

No hay comunicación de la verdad que no pase por la libertad del hombre, la adhesión al cristianismo puede ser sola y únicamente libre, porque este es el método que Dios ha elegido, desde que llamó a un hombre en el desierto, que se llamaba Abraham, haciéndole una promesa y dejándolo en la libertad de adherirse.

Alberto Savorana
Historiador italiano y periodista

 

¡Aviéntate!

Ciudad de México.- Al viajar en la Ecobici sobre Félix Cuevas y doblar en Juan Sánchez Azcona me topé con un señor que estaba parado justo en medio de la calle sin intención de moverse. Él vio que yo iba a dar vuelta y aún así no se quitó, lo que me obligó a rodearlo. Es un hecho que los peatones tienen preferencia ante un ciclista, aunque no es tan evidente que la calle es un espacio de tránsito y que el instinto lleva a uno a correr cuando ve que  viene un vehículo. Mientras pasaba a lado el señor, él gritó:

—¡Aviéntate!, ¡no tengas miedo!

El individuo en cuestión era un padre que le decía a su hijo que se animara a lanzarse en su triciclo desde una rampa para autos. Con el rabillo del ojo apenas y me percaté del chiquillo que se lanzaba hacia su papá. Mientras me alejaba escuché el ruido del triciclo que se movía.

Al avanzar hacia el trabajo me vinieron a la cabeza dos ideas a raíz de este episodio. Me pareció fabuloso ver que un padre desafiaba a su hijo para lograr un reto, en este caso vencer el miedo al vértigo que produce una rampa. Creo que la personalidad de un niño se estructura precisamente frente a una presencia que le dota de seguridad, sin embargo, el lugar en donde el padre le proponía “fiarse” al niño era el menos adecuado (¡un crucero altamente transitado!). Pareciera que el padre, por el hecho de ser él mismo, tendría el poder de detener a algún vehículo veloz que en lugar mío hubiera avanzado por la calle que tomé. Me quedé pensando en cuántas veces actúo como este hombre, proponiendo a los míos fiarse en circunstancias en las que no resulta razonable arriesgar algo, no porque confiar esté mal, sino porque el lugar y el momento no lo permiten. A esta capacidad de discernir el momento oportuno para desarrollar una acción los antiguos la llamaban prudencia, virtud hoy olvidada y que tanto nos ayudaría a convivir.

Septiembre de 2016

 

Futbol y familia

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Foto: Internet

Viajo a Puebla. Antes de partir se hace una fila larga en el andén de la Tapo de la Ciudad de México. Los afanadores comienzan a lavar el piso y atravieso mangueras que reptan. Trato de no dejar huellas por donde ya han limpiado. En las bancas aguarda una familia, cuyos miembros llevan playeras del América, incluido un niño. Usan esa nueva versión que parece que le cayó cloro en la parte baja, según decía un meme que circuló tras la presentación del nuevo uniforme. En sus caras ya no se nota la tristeza de saberse derrotados por las Chivas, hay más bien una especie de placidez y cansancio, algo así como la satisfacción del deber cumplido, aunque la suerte no los haya favorecido. Antes de llegar al andén esta familia seguramente estuvo en el Estadio Azteca y gritó a todo pulmón para ver ganar a los azulcremas, pero acabó presenciado la victoria del equipo visitante por un humillante tres a cero. ¿Qué puede ser peor para un aficionado que viaja desde Puebla que ver a su equipo perder en su propio estadio? Puebla es uno de los estados con mayor afición americanista, quizá por encima del equipo camotero y esta familia es prueba de ello. Antes de llegar a la Tapo vi a algunos aficionados a las Chivas bajar del Metro, pero ellos iban a sus casas. Desconozco cuántos chivas vinieron a la Capital para ver a sus ídolos jugar. Los americanistas sí se hicieron notar en esta ocasión.

Ahora viajamos rumbo a Puebla. Los americanistas duermen plácidamente. Se fueron sin el triunfo de su equipo, pero los cobija su vínculo familiar, el cual no está puesto a prueba en este momento.