La tela de la araña

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Sixteen Miles of String, 1942 
Philadelphia Museum of Art: Marcel Duchamp Archive.

Siempre que vuelvo del trabajo, la araña me espera.

La vez que la descubrí estaba agazapada en un recoveco de la cama, la cual está pegada contra la pared de la ventana. Cuando me preparaba para dormir, poco antes de apagar la luz, la araña despertó de su letargo en el momento que desdoblé las sábanas. Estiró sus patas y luego avanzó sobre la colcha, intimidándome. Al verla aproximarse al borde del colchón retrocedí unos pasos y luego busqué una chancla para aplastarla, pero como aún estaban mojadas por el agua de la reciente ducha, opté por tomar un periódico. Durante unos segundos le di la espalda y al volverme para encararla, ella había escapado, supongo que por indignación: ¿cuándo se ha visto que a una visita se le mate a los pocos minutos de haber llegado a la casa del anfitrión?

Como pensé que la araña me envenenaría con su aguijón mientras dormía, comencé la búsqueda del insecto. Empecé por quitar el colchón y las sábanas, corrí las persianas de la ventana y miré debajo de la cama y de la mesa de la habitación. Removí las pilas de periódicos, hurgué en el estante de los libros y busqué detrás del televisor. No la encontré. Fatigado y decepcionado me rendí y me acosté a descansar, sin importarme si en plena madrugada sentía la picadura de la pequeña bestia.

El nuevo día llegó y después de aclarar la vista miré hacia la ventana, donde se filtraban los últimos rayos del sol invernal a través de las rendijas de la persiana. En una esquina inferior del marco metálico se había posado la araña. No estaba agazapada, aunque no se movía. Nuevamente busqué mi periódico para dejárselo caer, pero al dirigirlo hacia la esquina de la ventana la araña huyó a través de una rendija del marco.

Fastidiado, me dispuse a salir a la calle a buscar algo para desayunar. Mi ausencia se prolongó hacia el medio día, cuando volví para ponerme el traje y salir hacia el trabajo.

La ardua jornada en la oficina me hizo olvidarme de la nueva inquilina, quien siendo muy pequeña se había adueñado de toda mi habitación. Sin embargo, ya por la noche, al franquear la puerta de la habitación, encontré de nuevo al insecto, esta vez en una esquina del techo.

Antes de encender la luz escuchaba un aleteo incesante. Al accionar el interruptor vi que el artrópodo tenía tenía por cena un mosquito que cayó en su incipiente telaraña. Normalmente este tipo de conductas animales me causa repulsión y no demoro con acabar con ellas, pero en esta ocasión me sentí atraído por lo que pasaba y me quedé observando el festín. Poco después, mis propias tripas me recordaron que no había cenado y salí a buscar unos tacos. Al regresar a la habitación hallé solamente la salea del mosquito que se mecía atrapada en la telaraña, la cual movía a su vez el viento que se colaba por la rendija de la ventana.

A la mañana siguiente me levanté para bañarme y vi que la araña estaba cerca de la coladera de la regadera. Era una oportunidad de oro para deshacerme de tan molesta compañía por lo que me apresuré a darle un pisotón, pero su velocidad y mi torpeza impidieron mi objetivo.

Frustrado por no poder matar un insignificante bicho me bañé, arreglé y abandoné la casa. Una vez afuera caminé mientras pensaba que esa araña tenía más vidas que un gato callejero.

Los días pasaron y los intentos por matar a la araña fueron inútiles. La vez que estuve más cerca de aplastarla solamente le arranqué una pata tras intentar apachurrarla con un zapato. Después de ese incidente desapareció una semana, supongo que para recuperarse, y luego continuó ofreciéndome su espeluznante compañía.

Al cabo de un mes acabé acostumbrándome a su presencia, a mirarla sobre el lavamanos o posada sobre la pila de periódicos. Durante la ducha me caí mientras me enjabonaba y me salió un hilito de sangre de la cabeza. Me apresuré a dejar el baño. Me sequé, vestí, tomé un paracetamol y me acosté mareado. Mis ojos se cerraron justo en la esquina donde estaba la telaraña.

Despierto una vez más en la habitación, pero en lugar de ver la telaraña reconozco mi cama y a un hombre dentro de ella. Intento moverme y no puedo, un fino hilo de seda impide sacudir mis extremidades. Intento gritar, pero no me sale la voz. Un terror indecible me paraliza: la telaraña se empieza a sacudir.

Víctor Vorrath, junio 2017

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Las confidencias de Carlos

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Carlos (abajo a la derecha) con otros primos. Yo sostengo el balón.

Mi primo Carlos Armando ha sido quizá la persona con la que viví por primera vez esa experiencia que llamamos amistad.

En las temporadas de vacaciones, que en la infancia me parecían eternas, pasábamos varios días en casa de tío Pancho y tía Alicia, quienes nos querían como a sus hijos.

Allí siempre había una habitación para nosotros y nos acomodaban en una cama grande.

Carlos era un tanto nervioso y le costaba conciliar el sueño con facilidad, por lo que solía platicar antes de dormirse. Yo, en cambio, sentía sueño con tan solo estar acostado.

A veces creo que era miedo lo que en verdad invadía a Carlos. Nunca supe a qué le temía realmente. Una sombra o un ruido desconocido bastaban para ponerlo inquieto y luego necesitaba hablar bastante para tranquilizarse.

Carlos en ocasiones decía cosas que luego me metían en problemas, porque no sabía bien a bien lo que significaban. Como esa ocasión en que me contó que en la escuela le habían dicho que los condones evitaban el sida y que la gente los usaba para no tener hijos.

—Ah, sí, los condones —dije yo para no parecer que ignoraba el tema, a pesar de que no tenía no idea de qué eran.

—Con eso ya no te da sida —enfatizó ufano mi querido primo.

Al día siguiente, durante el desayuno —recuerdo que había sido puesto en el pequeño desayunador circular aledaño a la cocina—, solté cándidamente frente a mis tíos lo que había dicho Carlos al no poder dormirse.

—¡Si usas condón, ya no te da sida!

Nada más alcancé a sentir una patada de Carlos debajo de la mesa y vi cómo palidecía y me miraba con los ojos bien abiertos.

Luego me volví a ver a mi tío Pancho, que estaba tomando café, y a mi tía Alicia, que tomaba jugo de naranja. Me dio la impresión de que casi escupían sus bebidas. Ambos cruzaron una mirada, algo apenados. Al verlos entendí que había dicho algo polémico.

—¿Y dónde escuchaste eso? —me preguntó mi tío.

—Pues me lo dijo Carlos.

En ese momento, mi primo bajó la cara avergonzado y me soltó una mirada recriminatoria.

Mi tío Pancho intervino con la paciencia que lo caracterizaba y nos explicó qué era el condón, qué era el sida y dejó entrever algo de la complejidad de las relaciones humanas, además de dejar bien claro que el condón no resuelve todos los problemas, como habíamos entendido mi primo y yo. Pero lo que más me sorprendió fue que no hubiera un solo reproche para Carlos o para mi, sino que mi tío tomó el desafío que le habíamos planteado y lo enfrentó.

Tío Pancho o de la justicia

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Tío Pancho

Durante mi infancia viví por temporadas en casa de mi tía Alicia y mi tío Francisco, en el Fraccionamiento San José La Noria de Oaxaca. Puedo decir que muchos de los momentos más alegres de mi vida transcurrieron en esa bella casa de color blanco, donde un altísimo pino –que convivía con un manzano cuyos frutos solían roer los murciélagos– señoreaba el jardín.

Cerca de ese pino solíamos jugar Carlos Armando y yo, quien iba con menos frecuencia la casa de mis tíos, pero cuando él estaba todo cobraba una nueva vida. Mis tíos estaban más alegres y yo también, desde luego.

Carlos y yo pasábamos las mañanas y las tardes jugando con nuestros He-Man, a veces tumbados en el jardín y a veces en la sala de la casa. Llegó un punto en que logramos acumular entre los dos buena parte de la colección. Normalmente solíamos desear algunos muñecos que tenía el otro, por lo que comenzamos un intercambio furtivo. Al final, yo no quedaba conforme y la frustración terminaba por quitarme la alegría y despertaba en mí un cierto distanciamiento de mi primo, a quien tanto quería.

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Carlos era tan sólo un año mayor que yo, pero era un niño muy despierto, en contraste conmigo, que siempre andaba como adormilado. Debido a su tendencia competitiva, Carlos acababa quedándose con los muñecos que él deseaba y podía retener los que no quería intercambiar. Yo, en cambio, perdía algunos que me gustaban y obtenía otros que no me agradaban tanto.

Mi disgusto fue tal que un día anduve todo emberrinchado y esto lo notó mi tí Pancho, como le decíamos de cariño.

—¿Qué tienes? —me preguntó.

—Es que Carlos se quedó con los muñecos que me gustan.

—Ah, vamos a ver.

Y nos reunió a los dos en la sala de la segunda planta, donde estaba el televisor y la videocasetera en la que pusimos tantas películas de Freddy Krueger. Nos pidió que pusiéramos todos los muñecos en el piso, sin ocultar ninguno, y que los distribuyéramos como los habíamos tenido originalmente. Carlos se mostró reacio, pero accedió. Yo también lo hice, doliéndome de la posibilidad de perder algún muñeco con el que ya me había encariñado.

—Deben acomodar los muñecos como los tenían originalmente.

—Sí, tío —le respondimos.

Mi tío se aseguró que habíamos reestablecido las cosas a su origen y luego nos dijo que podríamos pensar en qué muñecos no cambiaríamos jamás. Carlos y yo señalamos cuáles eran los más preciados para nosotros. Luego, nos pidió que los apartáramos.

—Bueno, esos muñecos no se tocan porque son los que más les gustan. ¿De acuerdo? Ahora pongan al frente los muñecos que sí podrían intercambiar.

Así lo hicimos. En turnos, mi tío nos iba animando a ofrecer lo que teníamos. Cada uno valoraba cambiar un muñeco por otro y podíamos negarnos a determinado cambio, pues a veces un muñeco estaba feo, despintado o simplemente no nos parecía atractivo. Ese día aprendí en un gesto el significado de la justicia y de la libertad y con el tiempo aprendí a comprender el valor de la autoridad.

Al final quedamos satisfechos con el intercambio, pero lo que ha quedado en mi memoria de forma imborrable ha sido la experiencia de una mirada tierna que me ayudó a desbloquear un conflicto con alguien que era muy importante para mi.

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Carlos y yo

Grietas

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Como algunos saben, hace poco me endeudé con la compra de un pequeño departamento en la Ciudad de México. El tener un techo bajo el cual refugiarme me llenó de alegría y durante algunos meses me sentí el amo del universo, casi como He-Man.

Pero ocurrió una cosa bastante rara. Tras volver de Brasil, tuve una pesadilla. Lo extraño no sólo es la pesadilla, porque yo no suelo tener sueños mientras duermo, sino el modo en que el ésta se ‘trasladó’ a la realidad.

Resulta que en mi sueño había una especie de temblor y las esquinas de mi departamento comenzaban a sacudirse. Las trabes saltaban de su lugar y veía cómo se abrían grandes grietas que hacían caer el yeso de la pared. Todo esto lo veía mientras estaba recostado en mi cama. El temor me hizo pararme de un brinco y salir a verificar el estado del resto del departamento. Por todos lados había destrucción.

En el tiempo del sueño, poco pasó para que volviera a la vigilia, en donde aparentemente reinaba la calma. Continué mis actividades con normalidad y ayer por la noche, mientras cenaba, me llamaron la atención unas marcas en la pared, similares a las rayas de un lápiz. Al acercarme, me di cuenta que eran grietas que subían en forma de escalera desde el contacto de la luz hasta la parte media de la pared, luego se hacían más finas y se perdían en la parte alta del techo.

Como me ha dicho una amiga, puede ser que las grietas ya las hubiera visto, aunque no las hice conscientes, por lo que se manifestaron en el sueño. Lo cierto es que las grietas han sido un sentido recordatorio de dónde pongo mi confianza. Hasta un “buen proyecto” como lo es comprar una vivienda puede reducirse a nada. Ha sido inevitable recordar la parábola bíblica de aquél hombre que construyó su casa sobre arena y el reclamo consiguiente a edificar sobre roca (algo que cualquier arquitecto con tres dedos de frente sabe bien, pero que parece que ignoró la constructora). Por lo demás, ya he avisado a la inmobiliaria para que vengan a verificar la pared y descarten si se trata de una fisura estructural o un simple asentamiento del recubrimiento del muro.

Mientras tanto, la grieta en mi pared funcionará como signo.

Un hogar en la periferia

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Los departamentos de interés social son muy pequeños.

Hoy cumplo un mes en mi departamento. Pude adquirirlo -que no comprarlo, pues aún lo pago- después de más de cuatro años de vivir en la Ciudad de México y casi nueve en mi actual trabajo. Vivo en una periferia de esta gran capital, pero la cercanía de una línea del metro me facilita muchísimo la vida, ya que vivo a una cuadra de la estación, mi oficina está afuera de otra y no hago transbordos.

Mi colonia tiene un aspecto de barrio bravo. Hace poco hubo intentos de saqueo en un par de tiendas y a unas colonias de aquí se dio un operativo contra narcomenudeo en el que hubo disparos.

Desde que me mudé a capital del País supe que la vida aquí tendría sus riesgos, en el entendido mismo de que la vida misma es un riesgo ya, como bien dice Leopardi: “Nasce l’uomo a fatica, / ed è rischio di morte il nascimento”. Afortunadamente, desde que resido aquí no tengo ninguna historia truculanta para contar. Con todo, soy precavido y consciente de que vivo en una urbe de contrastes y desigualdad, pero ha sido justo aquí donde he encontrado una posibilidad de vida.

Dice Giussani que la circunstancia es la ocasión de vivir la propia vocación, por lo que uno no debería renegar de ella. Recuerdo también que Weil deseaba fervientemente vivir la vida de los obreros de su época para cimentar sus convicciones.

Bueno, aquí estoy.

Andares

El vagón de tercera. Autor: Honoré Daumier (1808-1879)

¿Cuántas veces he hecho este camino? Reconozco los pasillos de la estación, el viajar como lapa en el mismo extremo del transporte, la prisa de la gente, los apretujones, las filas y la espera, la frustración por perder el último vagón, los adioses de los enamorados y sus abrazos, el hombre cansado y la mujer maquillada, los adictos, las riñas y percances ocasionales, la fatiga de subir escaleras, el viento de la calle y los fumadores, los transbordos, las escenas interminables, los mismos gestos, la misma pregunta: ¿a dónde va este andar en círculos?

Elegía a modo de ensayo

Desde hace unos días el nombre de uno de mis ex alumnos resuena en mis redes sociales. Las publicaciones en Facebook y algunos tuits mencionan la desaparición de Isidro, allá en el mar de mi entrañable Oaxaca. Veo a los compañeros de su generación conmocionados por el dolor de su pérdida y entiendo que su familia lo estará igualmente.

Yo fui profesor de filosofía para niños de Isidro y lo recuerdo precisamente como era en la época en que iba a la primaria: un niño tímido y algo despeinado, pero que sonreía como modo de relación con los demás. Francamente no recuerdo mucho más, lo cual me ocurre con la mayoría de sus compañeros de generación.

Ante la pérdida de un ser querido hay poco que decir, pues la muerte es un misterio en el que la razón siempre se queda en la orilla, astibando un horizonte inaccesible para la experiencia. Con todo, hay algunas consideraciones que se pueden hacer “desde esta orilla”.

Lo primero que veo, si examinamos fenoménicamente el problema de la muerte, es que cuando un ser querido se va surge en nosotros un deseo de que esa persona siga a nuestro lado. Las razones por las que anhelamos la permanencia de alguien que amamos son muchas, pero invariablemente deseamos que toda presencia que ha sido buena para nosotros esté siempre, es decir, en nuestra estructura humana hay “algo” que pide que todo lo bueno, bello y verdadero no deje de acompañarnos nunca.

Por otra parte, la partida de un ser querido abre siempre la pregunta por Dios, seamos creyentes o no. Todos los ritos fúnebres que conozco (sé que hay funerales laicos en otras partes del mundo) llevan siempre una evocación a la divinidad. Ante esto solamente puedo hablar desde lo que conozco del cristianismo católico, que es la religión en la que me formé, y atisbar quizá un poco lo que dicen en otras religiones.

Para los cristianos, la muerte no es el fin de la vida, sino la ocasión en que la persona puede mirar cara a cara al Creador del cosmos y de su persona particular. De hecho, lo que sostiene toda la estructura del cristianismo es precisamente el hecho de que todos los que mueren volverán a vivir (en una versón mejorada), esto basado en la muerte y resurección de Jesucristo, de ahí que se pregone: “sin la resurección, vana es nuestra fe”.

Sé que el ambiente en que vivimos muchas veces no facilita creer: los escándalos en la Iglesia, la vida tan falta de compromiso de muchos cristianos, la división de las iglesias, la pérdida de la consciencia de lo que somos nosotros mismos y la rendición a la mentalidad dominante. Sin embargo, basándome en los dos puntos señalados anteriormente cabe preguntarse: ¿es que ese deseo de verdad, bien y belleza que nos constituye está condenado a perderse con la muerte?, ¿es que no hay nada que lo colme y entonces lo único que debemos hacer es conformarnos con el dolor que nos deja cada pérdida? Pero también podemos preguntar: ¿es el cristianismo capaz de dar respuesta a estos deseos?, ¿es que la fe tiene alguna utilidad frente al misterio de la muerte? Bueno, allí hay que tomar un riesgo y probar la hipótesis que plantea el cristianismo y si después de implicarse en la búsqueda uno no encuentra lo que busca, siempre se puede optar por otra cosa, al fin que uno es libre. Pero lo interesante no está en abandonar, que eso lo podemos hacer con cualquier cosa, sino en  verificar si hay motivos —¡razones!— para creer desde el interior de una experiencia.