Ojo por ojo

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El Mercader de Venecia (2004) de Michael Radford, con Al Pacino y Jeremy Irons.

El Ojos, líder del Cártel de Tláhuac, fue abatido ayer por personal de la Marina en la colonia contigua al conjunto habitacional donde vivo, en la Ciudad de México. Desde hace días se escuchaban helicópteros sobrevolar el perímetro de un modo inusualmente bajo, justamente como si buscaran a alguien. El miércoles por la noche, antes de llegar a mi departamento, la calle principal estaba tranquila, sin demasiados mototaxis, era casi como un presagio: el silencio antes del trueno.

Ayer, cuando me encaminaba al trabajo, vi pasar frente a mi edificio decenas de patrullas de la Policía de la Ciudad de México, todas iban en dirección del metro. Para esa hora el capo ya había sido acribillado con otros siete sujetos en una vivienda que aparentaba ser un despacho de abogados.

Los vecinos estaban desconcertados y se preguntaban qué había pasado. A esa hora ya había circulado la versión de la muerte de El Ojos, pero pocos estaban enterados. También habían quemado camiones sobre la avenida principal y los mototaxistas hicieron diversos bloqueos, por lo que la respuesta no se hizo esperar y los policías comenzaron a detener vehículos sospechosos.

Cuando llegué a la estación Nopalera había decenas de agentes antimotines y al menos dos helicópteros sobrevolaban el área. Policías ministeriales se resguardaron al interior de la estación y ordenaron su cierre, con lo que de pronto me vi en medio de la última parte del operativo que detonó la muerte del narcotraficante.

Este caso fue la sensación en las redes sociales y sitios de internet en México y seguramente lo será para los periódicos impresos. Los análisis no se harán esperar: la crítica al Jefe de Gobierno, quien no invierte en su propia ciudad, pero regala patrullas en otros estados; su empeño en negar la presencia del narcotráfico en la capital del País; el vacío de autoridad que existe en el oriente de la Ciudad. No faltará quien celebre el asesinato del narcotraficante, sobre todo porque lo mataron como a un perro. Aunque es válido señalar las causas de la violencia que vivimos en la Ciudad de México y en todo el País y expresar nuestro sentir ante estos acontecimientos, al final el problema de fondo sigue quedando fuera del foco de atención. Ante todo, se trata de un problema antropológico, del desconocimiento de lo que somos.

¿Por qué nos matamos?, ¿qué lleva a un hombre a ejercer violencia sobre otros hombres al punto de ‘desaparecerlos del mapa’?, ¿qué buscan los narcotraficantes?, ¿son realmente tan distintos de los ciudadanos que vivimos dentro de la ley?

Después de salir del trabajo suelo leer por esta época, mientras viajo en el metro, el libro Jesús de Nazaret, de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI). Mientras continuaba el capítulo donde se analizan las grandes imágenes del Evangelio de Juan, en el apartado de “la vid y el vino”, un párrafo me pareció revelador para contestar en parte las preguntas antes señaladas, por lo que lo cito.

“Declaramos que Dios ha muerto y, de esta manera, ¡nosotros mismos seremos dios! Por fin dejamos de ser propiedad de otro y nos convertimos en los únicos dueños de nosotros mismos y los propietarios del mundo. Por fin podemos hacer lo que nos apetezca. Nos desembarazamos de Dios; ya no hay normas por encima de nosotros, nosotros mismos somos la norma. La «viña» es nuestra. Empezamos ahora a descubrir las consecuencias que está teniendo todo esto para el hombre y para el mundo…”.

El hombre de hoy se ha emancipado de Dios, como también ha denunciado Nietzsche en La Gaya Ciencia, para erigirse en su propio dueño, y con ello liberarse de todo reclamo ulterior, de toda dominación. Pero una vez que hemos borrado del mapa a Dios, quien proclama la ley del amor, ¿qué nos queda? Nos queda la ley del Talión: el ojo por ojo, que si bien se puede entender como la aplicación de la justicia distributiva, también da pie a la revancha. Pero, ¿quién puede asegurar la exacta proporción para el castigo de un delito?, ¿quién es capaz de esta ciencia? ¿No es acaso este tipo de retribución la que pedía el judío Shylock, de Shakespeare, en el Mercader de Venecia?, ¿no quería una libra de carne del pecho de su deudor?, ¿pero y la sangre?, ¿al exigir una justicia así no cometemos también otro delito mayor?, ¿no nos llevamos también algo más de lo que nos pertenece?, ¿y quién habrá de sancionar nuestra imprudencia?, ¿acaso no es más justa la ley del amor?

Esta era la mentalidad de El Ojos: infligir un daño por otro recibido; dicen que su proceder contra sus adversarios era despiadado, en extremo violento. Pero no hay que olvidar que esa lógica es también la nuestra, no somos tan distintos del narcotraficante muerto, también buscamos una justicia así, aunque, ¿nosotros mismos la resistiríamos?

Entonces, ¿a dónde mirar? En este punto recuerdo uno de los versos del salmo 18 que suelo encontrar en la Liturgia de las Horas y que dice: “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”.

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Grietas

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Como algunos saben, hace poco me endeudé con la compra de un pequeño departamento en la Ciudad de México. El tener un techo bajo el cual refugiarme me llenó de alegría y durante algunos meses me sentí el amo del universo, casi como He-Man.

Pero ocurrió una cosa bastante rara. Tras volver de Brasil, tuve una pesadilla. Lo extraño no sólo es la pesadilla, porque yo no suelo tener sueños mientras duermo, sino el modo en que el ésta se ‘trasladó’ a la realidad.

Resulta que en mi sueño había una especie de temblor y las esquinas de mi departamento comenzaban a sacudirse. Las trabes saltaban de su lugar y veía cómo se abrían grandes grietas que hacían caer el yeso de la pared. Todo esto lo veía mientras estaba recostado en mi cama. El temor me hizo pararme de un brinco y salir a verificar el estado del resto del departamento. Por todos lados había destrucción.

En el tiempo del sueño, poco pasó para que volviera a la vigilia, en donde aparentemente reinaba la calma. Continué mis actividades con normalidad y ayer por la noche, mientras cenaba, me llamaron la atención unas marcas en la pared, similares a las rayas de un lápiz. Al acercarme, me di cuenta que eran grietas que subían en forma de escalera desde el contacto de la luz hasta la parte media de la pared, luego se hacían más finas y se perdían en la parte alta del techo.

Como me ha dicho una amiga, puede ser que las grietas ya las hubiera visto, aunque no las hice conscientes, por lo que se manifestaron en el sueño. Lo cierto es que las grietas han sido un sentido recordatorio de dónde pongo mi confianza. Hasta un “buen proyecto” como lo es comprar una vivienda puede reducirse a nada. Ha sido inevitable recordar la parábola bíblica de aquél hombre que construyó su casa sobre arena y el reclamo consiguiente a edificar sobre roca (algo que cualquier arquitecto con tres dedos de frente sabe bien, pero que parece que ignoró la constructora). Por lo demás, ya he avisado a la inmobiliaria para que vengan a verificar la pared y descarten si se trata de una fisura estructural o un simple asentamiento del recubrimiento del muro.

Mientras tanto, la grieta en mi pared funcionará como signo.

Un hogar en la periferia

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Los departamentos de interés social son muy pequeños.

Hoy cumplo un mes en mi departamento. Pude adquirirlo -que no comprarlo, pues aún lo pago- después de más de cuatro años de vivir en la Ciudad de México y casi nueve en mi actual trabajo. Vivo en una periferia de esta gran capital, pero la cercanía de una línea del metro me facilita muchísimo la vida, ya que vivo a una cuadra de la estación, mi oficina está afuera de otra y no hago transbordos.

Mi colonia tiene un aspecto de barrio bravo. Hace poco hubo intentos de saqueo en un par de tiendas y a unas colonias de aquí se dio un operativo contra narcomenudeo en el que hubo disparos.

Desde que me mudé a capital del País supe que la vida aquí tendría sus riesgos, en el entendido mismo de que la vida misma es un riesgo ya, como bien dice Leopardi: “Nasce l’uomo a fatica, / ed è rischio di morte il nascimento”. Afortunadamente, desde que resido aquí no tengo ninguna historia truculanta para contar. Con todo, soy precavido y consciente de que vivo en una urbe de contrastes y desigualdad, pero ha sido justo aquí donde he encontrado una posibilidad de vida.

Dice Giussani que la circunstancia es la ocasión de vivir la propia vocación, por lo que uno no debería renegar de ella. Recuerdo también que Weil deseaba fervientemente vivir la vida de los obreros de su época para cimentar sus convicciones.

Bueno, aquí estoy.

Elegía a modo de ensayo

Desde hace unos días el nombre de uno de mis ex alumnos resuena en mis redes sociales. Las publicaciones en Facebook y algunos tuits mencionan la desaparición de Isidro, allá en el mar de mi entrañable Oaxaca. Veo a los compañeros de su generación conmocionados por el dolor de su pérdida y entiendo que su familia lo estará igualmente.

Yo fui profesor de filosofía para niños de Isidro y lo recuerdo precisamente como era en la época en que iba a la primaria: un niño tímido y algo despeinado, pero que sonreía como modo de relación con los demás. Francamente no recuerdo mucho más, lo cual me ocurre con la mayoría de sus compañeros de generación.

Ante la pérdida de un ser querido hay poco que decir, pues la muerte es un misterio en el que la razón siempre se queda en la orilla, astibando un horizonte inaccesible para la experiencia. Con todo, hay algunas consideraciones que se pueden hacer “desde esta orilla”.

Lo primero que veo, si examinamos fenoménicamente el problema de la muerte, es que cuando un ser querido se va surge en nosotros un deseo de que esa persona siga a nuestro lado. Las razones por las que anhelamos la permanencia de alguien que amamos son muchas, pero invariablemente deseamos que toda presencia que ha sido buena para nosotros esté siempre, es decir, en nuestra estructura humana hay “algo” que pide que todo lo bueno, bello y verdadero no deje de acompañarnos nunca.

Por otra parte, la partida de un ser querido abre siempre la pregunta por Dios, seamos creyentes o no. Todos los ritos fúnebres que conozco (sé que hay funerales laicos en otras partes del mundo) llevan siempre una evocación a la divinidad. Ante esto solamente puedo hablar desde lo que conozco del cristianismo católico, que es la religión en la que me formé, y atisbar quizá un poco lo que dicen en otras religiones.

Para los cristianos, la muerte no es el fin de la vida, sino la ocasión en que la persona puede mirar cara a cara al Creador del cosmos y de su persona particular. De hecho, lo que sostiene toda la estructura del cristianismo es precisamente el hecho de que todos los que mueren volverán a vivir (en una versón mejorada), esto basado en la muerte y resurección de Jesucristo, de ahí que se pregone: “sin la resurección, vana es nuestra fe”.

Sé que el ambiente en que vivimos muchas veces no facilita creer: los escándalos en la Iglesia, la vida tan falta de compromiso de muchos cristianos, la división de las iglesias, la pérdida de la consciencia de lo que somos nosotros mismos y la rendición a la mentalidad dominante. Sin embargo, basándome en los dos puntos señalados anteriormente cabe preguntarse: ¿es que ese deseo de verdad, bien y belleza que nos constituye está condenado a perderse con la muerte?, ¿es que no hay nada que lo colme y entonces lo único que debemos hacer es conformarnos con el dolor que nos deja cada pérdida? Pero también podemos preguntar: ¿es el cristianismo capaz de dar respuesta a estos deseos?, ¿es que la fe tiene alguna utilidad frente al misterio de la muerte? Bueno, allí hay que tomar un riesgo y probar la hipótesis que plantea el cristianismo y si después de implicarse en la búsqueda uno no encuentra lo que busca, siempre se puede optar por otra cosa, al fin que uno es libre. Pero lo interesante no está en abandonar, que eso lo podemos hacer con cualquier cosa, sino en  verificar si hay motivos —¡razones!— para creer desde el interior de una experiencia.

Bauman, Kundera y el amor

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“Los amantes”, René Magritte.

Ayer por la tarde salí al centro de Tlalpan y me encontré con una pareja de ancianos. Los vi sentarse en una banca. Yo estaba detrás de ellos. No escuché lo que platicaban, pero la cercanía de sus cuerpos, la manera de apoyarse uno contra el otro y de rozar sus hombros, delataba una complicidad y una intimidad construida durante años. Las arrugas en sus rostros y sus manos, además de la dificultad que tenían para sentarse, me hicieron pensar que ambos pasaban de los 70 años. Estuve detrás de ellos durante más de una hora, observándolos con curiosidad y con nostalgia, pues en ellos veía la realización de un deseo mío.

Poco después me dirigí a la librería del Fondo de Cultura Económica que está cerca de la plaza principal y compré Amor líquido, de Zygmunt Bauman. Al inicio, el autor cita la novela El hombre sin atributos de Robert Musil. Ulrich, el personaje central, carece de atributos propios y debe desarrollarlos con su propio esfuerzo; sin embargo, nada le garantiza que esos atributos durarán para siempre “en un mundo colmado de señales confusas, con tendencia a cambiar rápidamente y de maneras imprevisibles”. Bauman traza un paralelismo entre Urich y las relaciones humanas actuales. Los hombres de hoy no tienen vínculos fuertes, “deben amarrar los lazos que prefieran como eslabón para ligarse con el resto del mundo humano basándose exclusivamente en su propio esfuerzo y con ayuda de sus propias habilidades y de su propia persistencia. Sueltos… deben conectarse. Sin embargo, ninguna clase de conexión tiene garantía de duración. De todos modos, esa conexión no debe estar bien anudada, para que sea posible desatarla rápidamente cuando las condiciones cambien… algo que en la modernidad líquida ocurrirá una y otra vez”.  Pienso en los ancianos antes citados y reconozco que efectivamente ellos pertenecen a otro tiempo, a uno sólido.

En la mesa del comedor tengo desde hace días La insoportable levedad del ser de Kundera. Aunque la leí hace tiempo, la conseguí recientemente en un intercambio con un compañero de trabajo y la dejé a la mano para echarle una ojeada de vez en cuando. El texto de Bauman ayuda a entender el del Kundera. Tomás al principio ama a Teresa al estilo en que amamos todos en este tiempo, percibe el ser como leve, o como diría Bauman, como líquido. Pero conforme avanza la historia no puede evitar sentir una ternura por Teresa que no había sentido antes con otra mujer; con todo, se resiste y pone una distancia. Teme que Teresa le reste libertad: “el acuerdo tácito sobre la amitad erótica presuponía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. (…) Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sentía necesidad de cambiar su estilo de vida”.

Bauman señala bastante bien la paradoja: los hombres de esta sociedad líquida están “siempre ávidos de la seguridad de la unión de una mano servicial con la que puedan contar en los malos momentos, es decir, desesperados por ‘relacionarse’. Sin embargo, desconfían todo el tiempo del ‘estar relacionados’, y particularmente de estar relacionados ‘para siempre’, por no hablar de ‘eternamente’, porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones que no se sienten  capaces ni deseosos de soportar, y que pueden limitar severamente la libertad que necesitan —sí, usted lo ha adivinado— para relacionarse…”.

Aceptemos que vivimos en una sociedad líquida o que el ser es leve para explicar las relaciones humanas frágiles. Aún quedan pendientes de responder dos preguntas: ¿de dónde surge este impulso a establecer vínculos que nos lleva a fracasar tan estrepitosamente? y ¿por qué es imposible arrancarse este deseo?

 

Grillo

zskeleton2Francisco Toledo, Muerte Grillo,
 Mixed Media on Wood, 61 x 80 cm., 1990

El grillo
ignora
el tiempo,
mas todo él
es sonido
que tiene
duración.

El batir
de sus alas
contra sus patas
me revela
que el ser
no es mudo
y que soy
convocado
a escuchar.

En la fugaz
vida del grillo
descubro
que mi canto
también acabará.

¿Qué dices,
grillo,
con tu chilliar
melodioso?

Profeta,
¿en nombre
de quién
hablas?

El horror es la pérdida de la certeza

Hace unas semanas vi la película The Babadook. La trama es simple: un niño tiene un libro en el que se le anuncia que su madre enloquecerá y terminará matándolo a causa de un espíritu que habita en su ejemplar. Luego de varias peripecias,  la madre logra sobreponerse a un “trance” y evita asesinar a su hijo.

¿Cuál puede ser el mayor horror para un niño? No lo es ningún monstruo, por bien producido que esté; el mayor terror para un niño es perder la certeza en su madre y en su padre, y que el amor sea reemplazado por el miedo. Por ello la película tiene un buen efecto: el espíritu del libro no es la causa del temor real del niño, sino que éste ha tocado a su madre y ella ha dejado de ser dulce y serena.

Cuando era niño era común escuchar a los adultos que para infundir respeto se les debía temer. Así funcionó durante mucho tiempo y mucha gente creció con complejos que llevaron a nuestras generaciones al polo opuesto: hoy parece que los padres pueden permitir muchas faltas de respeto con tal de hacerse agradables a los hijos.

En Puebla se acaba de difundir el caso de un hombre que mató a su hija de 12 días de nacida. Ella no tenía conciencia de sí, pero la naturaleza la puso a merced de sus padres, quienes deberían asegurar su bienestar.

El padre es un joven de 19 años que, según dijo la Fiscalía, no quería asumir la responsabilidad de la niña. Esta historia la hemos visto antes en otros casos de feminicidios y asesinatos de niños. Pareciera que hay en el ambiente la idea de que deshacerse el otro es la solución a nuestros problemas, cuando es precisamente lo contrario.

La indignación por este asesinato no se hizo esperar, pero curiosamente muchas respuestas están basadas en la misma actitud del papá asesino: eliminar al otro. NO es posible tratar de remediar un mal con otro peor, no se puede reconstruir nada (una sociedad, un país, una relación) partiendo del discurso del odio. Si hay algo que hay que condenar es precisamente eso, el discurso del odio, pero no destrozar a quien comete la falta.

Es justa la indignación ante la violencia, pero uno no puede quedarse allí. ¿A dónde mirar para recuperar la serenidad? La respuesta existe, sólo hay que mirar entre el infierno lo que no es el infierno, hacerlo durar y darle espacio, dice Italo Calvino en Las ciudades invisibles.