Las confidencias de Carlos

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Carlos (abajo a la derecha) con otros primos. Yo sostengo el balón.

Mi primo Carlos Armando ha sido quizá la persona con la que viví por primera vez esa experiencia que llamamos amistad.

En las temporadas de vacaciones, que en la infancia me parecían eternas, pasábamos varios días en casa de tío Pancho y tía Alicia, quienes nos querían como a sus hijos.

Allí siempre había una habitación para nosotros y nos acomodaban en una cama grande.

Carlos era un tanto nervioso y le costaba conciliar el sueño con facilidad, por lo que solía platicar antes de dormirse. Yo, en cambio, sentía sueño con tan solo estar acostado.

A veces creo que era miedo lo que en verdad invadía a Carlos. Nunca supe a qué le temía realmente. Una sombra o un ruido desconocido bastaban para ponerlo inquieto y luego necesitaba hablar bastante para tranquilizarse.

Carlos en ocasiones decía cosas que luego me metían en problemas, porque no sabía bien a bien lo que significaban. Como esa ocasión en que me contó que en la escuela le habían dicho que los condones evitaban el sida y que la gente los usaba para no tener hijos.

—Ah, sí, los condones —dije yo para no parecer que ignoraba el tema, a pesar de que no tenía no idea de qué eran.

—Con eso ya no te da sida —enfatizó ufano mi querido primo.

Al día siguiente, durante el desayuno —recuerdo que había sido puesto en el pequeño desayunador circular aledaño a la cocina—, solté cándidamente frente a mis tíos lo que había dicho Carlos al no poder dormirse.

—¡Si usas condón, ya no te da sida!

Nada más alcancé a sentir una patada de Carlos debajo de la mesa y vi cómo palidecía y me miraba con los ojos bien abiertos.

Luego me volví a ver a mi tío Pancho, que estaba tomando café, y a mi tía Alicia, que tomaba jugo de naranja. Me dio la impresión de que casi escupían sus bebidas. Ambos cruzaron una mirada, algo apenados. Al verlos entendí que había dicho algo polémico.

—¿Y dónde escuchaste eso? —me preguntó mi tío.

—Pues me lo dijo Carlos.

En ese momento, mi primo bajó la cara avergonzado y me soltó una mirada recriminatoria.

Mi tío Pancho intervino con la paciencia que lo caracterizaba y nos explicó qué era el condón, qué era el sida y dejó entrever algo de la complejidad de las relaciones humanas, además de dejar bien claro que el condón no resuelve todos los problemas, como habíamos entendido mi primo y yo. Pero lo que más me sorprendió fue que no hubiera un solo reproche para Carlos o para mi, sino que mi tío tomó el desafío que le habíamos planteado y lo enfrentó.

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Tío Pancho o de la justicia

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Tío Pancho

Durante mi infancia viví por temporadas en casa de mi tía Alicia y mi tío Francisco, en el Fraccionamiento San José La Noria de Oaxaca. Puedo decir que muchos de los momentos más alegres de mi vida transcurrieron en esa bella casa de color blanco, donde un altísimo pino –que convivía con un manzano cuyos frutos solían roer los murciélagos– señoreaba el jardín.

Cerca de ese pino solíamos jugar Carlos Armando y yo, quien iba con menos frecuencia la casa de mis tíos, pero cuando él estaba todo cobraba una nueva vida. Mis tíos estaban más alegres y yo también, desde luego.

Carlos y yo pasábamos las mañanas y las tardes jugando con nuestros He-Man, a veces tumbados en el jardín y a veces en la sala de la casa. Llegó un punto en que logramos acumular entre los dos buena parte de la colección. Normalmente solíamos desear algunos muñecos que tenía el otro, por lo que comenzamos un intercambio furtivo. Al final, yo no quedaba conforme y la frustración terminaba por quitarme la alegría y despertaba en mí un cierto distanciamiento de mi primo, a quien tanto quería.

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Carlos era tan sólo un año mayor que yo, pero era un niño muy despierto, en contraste conmigo, que siempre andaba como adormilado. Debido a su tendencia competitiva, Carlos acababa quedándose con los muñecos que él deseaba y podía retener los que no quería intercambiar. Yo, en cambio, perdía algunos que me gustaban y obtenía otros que no me agradaban tanto.

Mi disgusto fue tal que un día anduve todo emberrinchado y esto lo notó mi tí Pancho, como le decíamos de cariño.

—¿Qué tienes? —me preguntó.

—Es que Carlos se quedó con los muñecos que me gustan.

—Ah, vamos a ver.

Y nos reunió a los dos en la sala de la segunda planta, donde estaba el televisor y la videocasetera en la que pusimos tantas películas de Freddy Krueger. Nos pidió que pusiéramos todos los muñecos en el piso, sin ocultar ninguno, y que los distribuyéramos como los habíamos tenido originalmente. Carlos se mostró reacio, pero accedió. Yo también lo hice, doliéndome de la posibilidad de perder algún muñeco con el que ya me había encariñado.

—Deben acomodar los muñecos como los tenían originalmente.

—Sí, tío —le respondimos.

Mi tío se aseguró que habíamos reestablecido las cosas a su origen y luego nos dijo que podríamos pensar en qué muñecos no cambiaríamos jamás. Carlos y yo señalamos cuáles eran los más preciados para nosotros. Luego, nos pidió que los apartáramos.

—Bueno, esos muñecos no se tocan porque son los que más les gustan. ¿De acuerdo? Ahora pongan al frente los muñecos que sí podrían intercambiar.

Así lo hicimos. En turnos, mi tío nos iba animando a ofrecer lo que teníamos. Cada uno valoraba cambiar un muñeco por otro y podíamos negarnos a determinado cambio, pues a veces un muñeco estaba feo, despintado o simplemente no nos parecía atractivo. Ese día aprendí en un gesto el significado de la justicia y de la libertad y con el tiempo aprendí a comprender el valor de la autoridad.

Al final quedamos satisfechos con el intercambio, pero lo que ha quedado en mi memoria de forma imborrable ha sido la experiencia de una mirada tierna que me ayudó a desbloquear un conflicto con alguien que era muy importante para mi.

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Carlos y yo