Andares

El vagón de tercera. Autor: Honoré Daumier (1808-1879)

¿Cuántas veces he hecho este camino? Reconozco los pasillos de la estación, el viajar como lapa en el mismo extremo del transporte, la prisa de la gente, los apretujones, las filas y la espera, la frustración por perder el último vagón, los adioses de los enamorados y sus abrazos, el hombre cansado y la mujer maquillada, los adictos, las riñas y percances ocasionales, la fatiga de subir escaleras, el viento de la calle y los fumadores, los transbordos, las escenas interminables, los mismos gestos, la misma pregunta: ¿a dónde va este andar en círculos?

Mendigo

El Metrobús está lleno a esta hora. A empujones, me abro paso entre la muchedumbre y apenas logro colarme a su interior. La puerta cierra tras de mí, como dice el bolero, y otros se quedan en el andén con las ganas subirse al que quizá sea el penúltimo transporte.

Tras ingresar, debo afirmarme para evitar ser aplastado. Después de un rato todos tomamos un lugar del mismo modo en que las partículas de una mezcla heterogénea se sedimentan después de una fuerte sacudida. En la parte que une los dos carros hay un hombre. Es un mendigo. Anuncia su condición su barba abundante y desarreglada, así como su hedor y unas grandes bolsas negras en las que tal vez lleva botellas de plástico o latas. Nadie lo mira, de hecho, nadie se mira entre sí, a pesar de viajar tan cerca. La mirada intimida, desafía, sobre todo si es al rostro. El hombre trata de abrirse paso para salir y lo consigue casi sin esfuerzo, pues, mientras se mueve la hediondez, se activa e inunda el vagón. Al fin logra salir y la gente que se queda se tapa la nariz sin poder evitar el asco. La penetrante pestilencia permanece durante algunas estaciones dentro de la unidad.

Pienso en ese hombre y pienso en mi, inevitablemente. De algún extraño modo me atrae la debilidad humana, quizá porque en la debilidad de los demás veo la mía. Nadie sabe la historia de este mendigo, desconocemos qué ha tenido que pasar en su vida para terminar así, harapiento, desaliñado, hediondo. Su drama es seguramente más grande de lo que alcanzamos a ver en ese breve instante. Imagino que tiene hambre y que tal vez no tenga, como yo, un lugar dónde dormir seguro.

Nos movemos con tanta petulancia, con tanta arrogancia, que el otro nos es indiferente, que su necesidad no nos toca, por eso ante su debilidad lo único que hacemos es taparnos la nariz, cuando muchas veces somos, como dice el Evangelio, sepulcros blanqueados.

¡Aviéntate!

Ciudad de México.- Al viajar en la Ecobici sobre Félix Cuevas y doblar en Juan Sánchez Azcona me topé con un señor que estaba parado justo en medio de la calle sin intención de moverse. Él vio que yo iba a dar vuelta y aún así no se quitó, lo que me obligó a rodearlo. Es un hecho que los peatones tienen preferencia ante un ciclista, aunque no es tan evidente que la calle es un espacio de tránsito y que el instinto lleva a uno a correr cuando ve que  viene un vehículo. Mientras pasaba a lado el señor, él gritó:

—¡Aviéntate!, ¡no tengas miedo!

El individuo en cuestión era un padre que le decía a su hijo que se animara a lanzarse en su triciclo desde una rampa para autos. Con el rabillo del ojo apenas y me percaté del chiquillo que se lanzaba hacia su papá. Mientras me alejaba escuché el ruido del triciclo que se movía.

Al avanzar hacia el trabajo me vinieron a la cabeza dos ideas a raíz de este episodio. Me pareció fabuloso ver que un padre desafiaba a su hijo para lograr un reto, en este caso vencer el miedo al vértigo que produce una rampa. Creo que la personalidad de un niño se estructura precisamente frente a una presencia que le dota de seguridad, sin embargo, el lugar en donde el padre le proponía “fiarse” al niño era el menos adecuado (¡un crucero altamente transitado!). Pareciera que el padre, por el hecho de ser él mismo, tendría el poder de detener a algún vehículo veloz que en lugar mío hubiera avanzado por la calle que tomé. Me quedé pensando en cuántas veces actúo como este hombre, proponiendo a los míos fiarse en circunstancias en las que no resulta razonable arriesgar algo, no porque confiar esté mal, sino porque el lugar y el momento no lo permiten. A esta capacidad de discernir el momento oportuno para desarrollar una acción los antiguos la llamaban prudencia, virtud hoy olvidada y que tanto nos ayudaría a convivir.

Septiembre de 2016

 

Futbol y familia

tapo
Foto: Internet

Viajo a Puebla. Antes de partir se hace una fila larga en el andén de la Tapo de la Ciudad de México. Los afanadores comienzan a lavar el piso y atravieso mangueras que reptan. Trato de no dejar huellas por donde ya han limpiado. En las bancas aguarda una familia, cuyos miembros llevan playeras del América, incluido un niño. Usan esa nueva versión que parece que le cayó cloro en la parte baja, según decía un meme que circuló tras la presentación del nuevo uniforme. En sus caras ya no se nota la tristeza de saberse derrotados por las Chivas, hay más bien una especie de placidez y cansancio, algo así como la satisfacción del deber cumplido, aunque la suerte no los haya favorecido. Antes de llegar al andén esta familia seguramente estuvo en el Estadio Azteca y gritó a todo pulmón para ver ganar a los azulcremas, pero acabó presenciado la victoria del equipo visitante por un humillante tres a cero. ¿Qué puede ser peor para un aficionado que viaja desde Puebla que ver a su equipo perder en su propio estadio? Puebla es uno de los estados con mayor afición americanista, quizá por encima del equipo camotero y esta familia es prueba de ello. Antes de llegar a la Tapo vi a algunos aficionados a las Chivas bajar del Metro, pero ellos iban a sus casas. Desconozco cuántos chivas vinieron a la Capital para ver a sus ídolos jugar. Los americanistas sí se hicieron notar en esta ocasión.

Ahora viajamos rumbo a Puebla. Los americanistas duermen plácidamente. Se fueron sin el triunfo de su equipo, pero los cobija su vínculo familiar, el cual no está puesto a prueba en este momento.

A través de la diversidad

El metro de la Ciudad de México

Salí con mi gato de la Ciudad de México a Puebla y tomé el Metrobús rumbo a la estación Insurgentes. Los chillidos de Ficino llamaron la atención de todos; algunos se ponían nerviosos y otros se enternecían al mirarlo. Tras abordar, retomo la lectura del libro que inicié esta semana y me detengo a pensar en la crisis del ateísmo del autor tras la muerte de su abuela. El gato ya se ha calmado y no se oyen sus chillidos. El autor plantea varias tesis interesantes y me llaman la atención dos: el ateo tiene una firme “creencia” en la inexistencia de Dios (si demostrar su existencia de forma contundente parece tarea imposible, mostrar igualmente su inexistencia es otra tarea titánica y el edificio argumental no está exento de vacíos que abran la posibilidad a la duda) y que el ateo extraña a Dios como aquél hombre que se ha enemistado con un gran amigo en quien no deja de pensar. Se sube al Metrobús un grupo de cubanos y uno de ellos comienza a hablarle a su amada por teléfono. Detengo mi lectura y trato de entender lo que dice, pero me cuesta trabajo porque habla muy rápido y pega –arrastra– demasiado las palabras, las fusiona con ese tono característico de quienes viven cerca del mar. “Dale, dale”, le oigo decir al despedirse. Trato de retomar la lectura, pero la voz de una mujer sale del primer vagón y empieza a recitar un discurso religioso, entre el ruido del transporte y el viento que se cuela por las ventanas distingo algo así como una plegaria y luego vocifera complots políticos y afirma que Peña y sus secuaces han sido sustituidos por dobles malvados. “Está tocada”, pienso y trato de seguir escuchándola. La gente ahora se torna nerviosa cuando ella toca el tema de Dios. Alguna pasajera visiblemente inquieta se acomoda en su asiento y se inclina para mirar a la mujer, quien chupa a gusto una paleta de cajeta mientras habla sobre Dios y los políticos. Es curioso ver que mucha gente parece enfermar ante el discurso religioso, cuando hay cosas verdaderamente alarmantes en el mundo. Llega un punto en que la mujer se calla, tal vez se ha cansado luego de hablar de corrido casi veinte minutos. Llego a mi destino, guardo el libro y tomo al gato para dirigirme al Metro, rumbo a San Lázaro.

Los pasillos de la dirección a Pantitlán no lucen demasiado llenos, pero los vagones sí lo están. Veo que en los de los extremos va menos gente, pero solamente puedo ir a los vagones de atrás porque los del frente están reservados para mujeres y hay guardias que vigilan el acceso. Dejo pasar tres trenes, para ver si mengua el gentío, pero no, por lo que al cuarto tren me dirijo al final y abordo con mi gato. Al ingresar me recibe un intenso olor a “mona”, como se conoce al químico (PVC, solvente) que inhalan los “chemos” para drogarse. En el vagón hay unos 25 muchachos, hombres y mujeres que se van dando unos “toques”. Hay pocas personas que no pertenecen a ese grupo y en su cara se nota miedo y desagrado. Tomo a mi gato y me coloco a lado de uno de los chavos, quien me ignora, tiene la mirada extraviada. Pero hay otros que no me quitan la vista desde que subí, la intensidad de sus miradas es tan intimidante que de inmediato saco mi libro y finjo leer. El temor también se ha apoderado de mi y comienzo a considerar bajarme en la próxima estación para cambiar de vagón. El tren avanza y los chavos entonan una oda violenta con cariz sexual, los pocos que estamos ajenos a ese grupo sentimos crecer la zozobra. El vagón está por llegar a la siguiente estación y alguno grita “nadie entra”. De inmediato, tres parejas se apostan en las puertas del vagón e impiden el ingreso de más pasajeros, quienes, molestos, se quedan en el andén. Los otros, diversos, estorban a los chemos, les restan libertad de acción, de explaye. Lo mismo ocurre en las próximas dos estaciones: “nadie entra”. Empiezo a pensar en qué momento esa orden mutará en “nadie sale”. Una tribu urbana se ha apropiado por algunos minutos de un vagón, su ley no escrita se impone. Al llegar a la siguiente estación baja un hombre y al abrirse la puerta activa la alarma de emergencia y se sale. El vagón no avanza. El que dio la orden vuelve a dar otra: “vayan por ese cabrón”. Obedecen dos y vuelven sin nada, se les peló. El que da las órdenes le dice a su grupo que simulen viajar tranquilos, pues prevé que lleguen policías. Al momento, todos ocupan lugares, unos se hacen los dormidos y otros tratan de adoptar un comportamiento “normal”, lo que para ellos es tranquilo, apolíneo. Llegan dos policías a tratar de liberar el mecanismo de emergencia con una llave. Piden a todos salir del vagón, un oficial me mira y me dice que salga. Tomo a mi gato y me meto en otro vagón que está más lleno. El tren no avanza. Quizá los policías negocian con los “chemos”, pienso. Luego de unos minutos avanza el tren y llego a la Tapo. Tomo el autobús rumbo a Puebla y pienso en lo que ha ocurrido en esta última hora y media. Pienso en la diversidad de esta ciudad y en la diversidad de su gente. Luego recuerdo mi lectura que versa sobre el ateo en crisis y sobre Dios: el ser del que se pregona la diversidad más radical (el totalmente Otro) y que también es causa de incomodidad para muchos.

Camarones chinos

Imagen

El Metro, José Clemente Orozco
 

Es parte de la mentalidad común pensar que los chilangos son unos cabrones, así lo piensan ellos de sí mismos y, a veces con mayor vehemencia, también los provincianos que tenemos la necesidad de trabajar en el Distrito Federal.

El arrasar, perturbar, aniquilar, está en la sangre Azteca de un modo más acentuado que en otras razas que poblaron Mesoamérica. Pienso esto mientras me subo al Metro y me toco el bolsillo trasero del pantalón para verificar que todavía traigo la cartera.

A empujones, me abro paso entre la muchedumbre que puebla el vagón y justo cuando alguien abandona su asiento aprovecho para ocuparlo. Pongo la pesada maleta sobre mis piernas.

Conforme avanza el tren y se hace más tarde, el vagón se vacía y queda libre el asiento individual que está frente a mí y también el que está a mi lado.

No me percato bien del momento en que un joven ocupa el lugar del frente, ya que he abierto el periódico y me he concentrado en una nota que dice que entre los japoneses está mal visto despedir gente, por lo que cuando desaparece su puesto los envían a aburrirse a una sala en donde se pasan la jornada leyendo o navegando en internet. Al final del día y sin haber aportado nada a la empresa, escriben un informe de sus actividades y se van a casa. La nota dice que si despidieran a la gente que ya no le ‘sirve’ a la empresa, porque su rol ya no es necesario, muchas de estas instituciones serían más competitivas, pero esta actitud está mal vista en la sociedad japonesa.

Aparto la vista un momento del periódico y la dirijo al suelo del vagón para tratar de entender la mentalidad de los japoneses: allí no hay despidos, sólo hay renuncias, y si no quieres renunciar te mandan a una sala en donde morirás de aburrimiento y de pena, y, tal vez así, te atrevas a renunciar. Mientras me pierdo en esta madeja mental, y una vez que el Metro ha hecho escala en una nueva estación, un joven ingresa al vagón: es un trabajador de un restaurante chino, lo sé por el uniforme negro con cuello mao que usa. El joven ha ocupado el asiento que está a mi lado, se le nota cansado. Lleva consigo una bolsa negra y dentro un guisado con camarones, cuyo aroma invade el vagón.

Detrás del joven entra una niña de aspecto indígena y deja sobre mi maleta un pedazo de fotocopia mal recortada que tiene un mensaje. Poco tiempo después entra un joven que, al cerrarse la puerta del vagón, se para en una de las puertas y comienza a tocar su acordeón.

Con el rabillo del ojo leo el mensaje del papelito, mientras finjo seguir con mi lectura del periódico. El recado dice que la niña y su hermano mayor son de la sierra de Oaxaca y que se ganan la vida tocando el acordeón. Piden una cooperación que no afecte mi bolsillo. Como he simulado que la nota no me importa, también simulo que esa petición no está dirigida a mí. Sin embargo, el joven empleado del restaurante chino lee atentamente el recado, mira al suelo y vuelve a leer. La niña qué dejó los papelitos viene de vuelta y recoge la mayoría de ellos en el lugar donde los dejó. Nadie le dio nada hasta que llegó al lugar del empleado, quien sin dudarlo le entregó su bolsa en donde llevaba el guisado con camarones. Tal vez lo que entregó era su cena, tal vez se trataba de la comida era para su familia, pero prefirió dársela a unos desconocidos que pedían ayuda con música de acordeón y papelitos.
La niña agradeció el gesto y salió del vagón con su hermano. Yo, en cambio, me sentí mezquino y dispuesto a cambiar mi percepción de algunos chilangos.