Camarones chinos

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El Metro, José Clemente Orozco
 

Es parte de la mentalidad común pensar que los chilangos son unos cabrones, así lo piensan ellos de sí mismos y, a veces con mayor vehemencia, también los provincianos que tenemos la necesidad de trabajar en el Distrito Federal.

El arrasar, perturbar, aniquilar, está en la sangre Azteca de un modo más acentuado que en otras razas que poblaron Mesoamérica. Pienso esto mientras me subo al Metro y me toco el bolsillo trasero del pantalón para verificar que todavía traigo la cartera.

A empujones, me abro paso entre la muchedumbre que puebla el vagón y justo cuando alguien abandona su asiento aprovecho para ocuparlo. Pongo la pesada maleta sobre mis piernas.

Conforme avanza el tren y se hace más tarde, el vagón se vacía y queda libre el asiento individual que está frente a mí y también el que está a mi lado.

No me percato bien del momento en que un joven ocupa el lugar del frente, ya que he abierto el periódico y me he concentrado en una nota que dice que entre los japoneses está mal visto despedir gente, por lo que cuando desaparece su puesto los envían a aburrirse a una sala en donde se pasan la jornada leyendo o navegando en internet. Al final del día y sin haber aportado nada a la empresa, escriben un informe de sus actividades y se van a casa. La nota dice que si despidieran a la gente que ya no le ‘sirve’ a la empresa, porque su rol ya no es necesario, muchas de estas instituciones serían más competitivas, pero esta actitud está mal vista en la sociedad japonesa.

Aparto la vista un momento del periódico y la dirijo al suelo del vagón para tratar de entender la mentalidad de los japoneses: allí no hay despidos, sólo hay renuncias, y si no quieres renunciar te mandan a una sala en donde morirás de aburrimiento y de pena, y, tal vez así, te atrevas a renunciar. Mientras me pierdo en esta madeja mental, y una vez que el Metro ha hecho escala en una nueva estación, un joven ingresa al vagón: es un trabajador de un restaurante chino, lo sé por el uniforme negro con cuello mao que usa. El joven ha ocupado el asiento que está a mi lado, se le nota cansado. Lleva consigo una bolsa negra y dentro un guisado con camarones, cuyo aroma invade el vagón.

Detrás del joven entra una niña de aspecto indígena y deja sobre mi maleta un pedazo de fotocopia mal recortada que tiene un mensaje. Poco tiempo después entra un joven que, al cerrarse la puerta del vagón, se para en una de las puertas y comienza a tocar su acordeón.

Con el rabillo del ojo leo el mensaje del papelito, mientras finjo seguir con mi lectura del periódico. El recado dice que la niña y su hermano mayor son de la sierra de Oaxaca y que se ganan la vida tocando el acordeón. Piden una cooperación que no afecte mi bolsillo. Como he simulado que la nota no me importa, también simulo que esa petición no está dirigida a mí. Sin embargo, el joven empleado del restaurante chino lee atentamente el recado, mira al suelo y vuelve a leer. La niña qué dejó los papelitos viene de vuelta y recoge la mayoría de ellos en el lugar donde los dejó. Nadie le dio nada hasta que llegó al lugar del empleado, quien sin dudarlo le entregó su bolsa en donde llevaba el guisado con camarones. Tal vez lo que entregó era su cena, tal vez se trataba de la comida era para su familia, pero prefirió dársela a unos desconocidos que pedían ayuda con música de acordeón y papelitos.
La niña agradeció el gesto y salió del vagón con su hermano. Yo, en cambio, me sentí mezquino y dispuesto a cambiar mi percepción de algunos chilangos.

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Autor: Víctor Vorrath

El gusto por contar historias me llevó al periodismo y la literatura; la pasión por la filosofía, a la docencia. Chilango reincidente.

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