Sobre la solidaridad y Pavlov

Viajo en Metro. Tomé el penúltimo tren. Tras avanzar un par de estaciones, unos jóvenes atrancan la puerta para dejar que otros alcancen a entrar. El conductor enfurece y suena insistentemente el silbato de la máquina. Los jóvenes aprietan fuerte para dejar que el último de los suyos ingrese casi cayéndose. El conductor activa de inmediato una grabación que amonesta a los usuarios por impedir el cierre de puertas (una sanción pavloviana, ¿lo he dicho antes?). La pone cinco veces, como escarmiento. Imagino al conductor apretando el botón de la grabación con fuerza, igual que cuando activó el silbato. Los jóvenes, mientras tanto, celebran entre jadeos haber abordado el Metro. La solidaridad es algo que vale la pena celebrar, aunque Pavlov se enoje.

¿Qué es la razón?

Antes de entrar a la estación del Metro, una mujer grita una serie de insultos a una velocidad impresionante y con tan intensidad que apenas y puedo entender algo. Acaba de llover, la calle está oscura y se empiezan a percibir todos los olores acumulados durante el día, algunos de ellos son nauseabundos. Antes de pasar junto a ella, un hombre me sale de frente y grita: ¡está loca! Ella ni se da por aludida y sigue en su perorata. Alcanzo a escuchar parte de los improperios: una mujer le debe 40 mil pesos y esto no es algo que la hirió. Arremete con toda clase de sandeces y su voz se va apagando mientras avanzo.

En efecto, es una persona que ha pedido la razón, pero ¿por qué? ¿Qué nos hace ser razonables?, es más, ¿qué es la razón? Hablar solo no es sinónimo de locura, pues todos lo hacemos en algún momento y no nos consideramos locos. Dejo las preguntas abiertas, como provocación.

Calorón electoral

Apurado, como suelo andar, crucé Avenida Insurgentes mientras tenía el semáforo en verde. Estaba por llegar a la banqueta opuesta cuando tocó el paso a los vehículos. Me faltaban dos pasos para llegar a la acera cuando un exasperado motociclista espetó: “muévete, imbécil”. Acto seguido arrancó a toda velocidad y desapareció en un punto de fuga que imaginé en el horizonte, puesto que ya no me volví a verlo. Ni tiempo me dio. No pude decir nada. No pude pintar ni un ‘finger’ o vociferar alguna malsonante frase (me quedé pensando que podría haber dicho “non me ne fotte un cazzo”, pero luego pensé que no entendería la airada expresión italiana).

La reacción del motociclista me pareció desproporcionada, pues le robé quizá un segundo o dos de su tiempo en terminar de atravesar la calle. Mientras sobaba mi maltrecho ego pensé que tal vez el operador estaría fastidiado por el calorón o porque se le hacía tarde.

La actitud del motociclista me recuerda la de muchos conocidos en este proceso electoral al que sobrevivimos. Los que apoyan al puntero no pueden ver ni en pintura a quienes apoyan a los dos que están más abajo. Y los de abajo, que en sexenios anteriores fueron los de arriba, tampoco aguantan a los seguidores del virtual tlatoani de Macuspana. Ya decía el célebre filósofo de Juárez que en realidad nació en Michoacán: “pero qué necesidad, para qué tanto problema”.

El hecho es que al día siguiente de la votación amaneceremos con los desafíos de siempre, pero con la diferencia de que estaremos más heridos o más serenos para meter el hombro y dar nuestra contribución al bien común.

Los insultos y sombrerazos, aunque puedan causarnos gracia de momento, los pagamos caro, pues lesionamos la cordialidad que debe prevalecer frente al otro, especialmente cuando no piensa como nosotros.

A diferencia del motociclista acalorado que escapó tan pronto escupió sapos y culebras, los mexicanos tendremos que convivir con los “vencedores” y con los “derrotados” (pongo las palabras entre comillas porque al final todos estamos en el mismo barco). ¿Será que podemos favorecer las relaciones a partir de otro criterio que favorezca la fraternidad?

En el documento que anexo creo que hay una pista:

¿En dónde ponemos nuestra esperanza?

Tres policías y un civil

Doña Eulalia, una mujer de casi 80 años, se desvaneció frente a mis ojos justo al intentar subir las escaleras del segundo nivel de la estación Nopalera del Metro. La mujer iba con su hija y ambas trataban de usar la plataforma móvil para personas con discapacidad motriz. Los cuatro policías que cuidan la estación (tres hombres mayores de edad y una mujer) acudieron con una camilla flexible para atender a la señora. Como pude, sostuve a la anciana con ayuda de su hija y la coloqué en la camilla. A mi lado estaba una enfermera del IMSS. Los tres policías y yo sacamos a la anciana hasta un taxi pirata, ya que los policías admitieron que no había ambulancias en la Delegación Tláhuac. De hecho, la oficial es quien gestionó que un taxi se llevara a la anciana y su hija. De este asunto veo varios aspectos:

1. Ante todo, prevalece en nosotros la buena voluntad. Tanto las autoridades como los civiles que estábamos cerca de la mujer nos acercamos a ayudar. Creo que siempre es mejor partir de lo que hay y debo reconocer que los polícias, a pesar de su edad, se la rifaron cargando a la ancianita. De hecho, uno de ellos me pidió que lo ayudara, porque no podría llevar él solo uno de los extremos de la camilla.

2. Falta infraestructura y capacitación al personal de seguridad. Los mismos policías y el administrador de la estación sabían que era inútil pedir una ambulancia, pues no llegaría. Por otra parte, los agentes estaban apanicados y no se percataron de que la anciana se había desvanecido. Incluso tuve que darles indicaciones para que me ayudaran a acomodar a la mujer.

3. La hija de la anciana la subió por las escaleras habituales a pesar de que sabía que padece del corazón, lo cual indica que no había tramitado la tarjeta para usar el elevador para personas con discapacidad. (Tengo la impresión de que tramitar esto es engorroso).

4. El personal en la estación es insuficiente, pues todos los policías descuidaron sus puestos para atender la emergencia (vi cómo más de un “abusado” se brincaba los torniquetes mientras los oficiales estaban con la anciana en el taxi).

5. Los taxis piratas son un mal necesario, al igual que los mototaxis. ¿Por qué no buscar la forma de que estas personas se incorporen a la legalidad? Tras la caída de El Ojos, hubo grandes movilizaciones para detener a los segundos, pasó el tiempo y ellos operan con normalidad. ¿De qué sirvió el operativo?

6. Necesito tomar un curso de primeros auxilios avanzados. Nunca se sabe cuándo otro necesite nuestra ayuda. Eso e ir al gimnasio.

El caballo negro: el hambre

«Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer Viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y había un caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una balanza».
Apocalipsis 6,5

Casi nunca sueño, pero ahora sí: palpaba una pared que era suave como una esponja y se hundía al tacto. Creo que los recientes sismos me han impactado más de lo que soy consciente. Darme cuenta de eso me llevó buscar en Google cuáles son las zonas del mundo menos sísmicas. Descubrí que existen formaciones rocosas muy antiguas llamadas escudos. En Canadá, entre Ontario y Quebec, hay uno, otro está en los llanos del Orinoco, entre Venezuela y Colombia, algunos más están en Rusia y África.

Por curiosidad me puse a buscar cuál es la zona de Colombia en donde supuestamente hay menos temblores y descubrí que sería en el departamento de Vichada, probablemente en el municipio de Cumaribo (¡qué grande es el mundo!). Al indagar sobre su población descubrí que allí hay niños que mueren de hambre, un factor es la disminución de peces en el río. Tienen un suelo firme, pero no hay comida. En un noticiero de YouTube un pescador, que es padre de familia, relata que hay días en que se van a dormir con hambre. Este descubrimiento me llevó a buscar en qué lugares de México se ha reconocido que hay gente que pasa hambre (lo cual más o menos ya suponía). Un informe de Instituto de Nutrición Salvador Zubirán indica que los estados con “riesgos nutricionales” (¡cómo nos encantan los eufemismos!) son Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Yucatán, Hidalgo, Puebla y Campeche.

Si sufrir un sismo es una experiencia difícil, pasar hambre es una situación más dramática, sobre todo cuando las víctimas son niños. Recuerdo a mi amigo Guillermo Libo Fanego, de Paraguay, que hace una gran labor en favor de la Fundación Banco de Alimentos Paraguay. Va mi reconocimiento para aquellas personas que recogen lo que a otros les sobra para llevarlo a quienes no tienen.

Moraleja: valoremos los alimentos que tenemos hoy en la mesa y si hay algo que podamos compartir busquemos en nuestro entorno a quien pasa hambre.