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Jardinero cruel:

poda árboles y pasto,

no la nostalgia.

(2007)

 

I

He comprado un portarretratos metálico para colocar tu foto. Deseo tu presencia, Carmelita. Tienes el rostro pequeño, del tamaño de un dedo gordo, tienes el cabello azul como el hada de Pinoccio; quisiera que vinieras en esta hora a visitarme, a jalarme las patillas como cuando era niño.

Me ha crecido la naríz a causa de la mentira.

II

Tu presencia tiene ganas de ser circular, pero sólo se percibe la mitad de tu arco; el otro arco, el invisible, se lo confío a Dios.

III

Debiste habernos mirado cuando te moriste. Nuestras caras de angustia descansada, las flores bellas, los pasillos silenciosos de la funeraria. Se empieza a hacer tradición en la familia morirse.

IV

Nunca olvidaré los frijoles de olla que diario preparabas al ejército de nietos. Tampoco, la vez que me sacaste la uña enterrada en el dolor. Hoy te enterramos a ti, y no sabemos ocultar el dolor que nos causa el vacío que introduces en nuestros recuerdos. Eres nuestra uña común.

V

–Deja esa planta, niña, se va a secar –dijiste a mi hermana cuando cortaba las flores de tu patio.

–Tienes las manos del diablo –dije.

Mi hermana lloró. Tú me regañaste, me diste una nalgada, consolaste a mi hermana.

Hoy no has podido consolar a mi hermana por tu muerte, yo tampoco he podido consolarla.

Vuleve, Carmelita, a consolar la pena de tus nietos.

VI

La religión que me has dado la tiré por la mañana en el bote de la basura donde mi abuelo tiraba las guayabas aplastadas por la prisa. He tirado todos tus santos, tus rosarios, tus rezos y los domingos de misas aburridas en San Francisco. Comienza a atardecer, y ahora con tu muerte sólo espero que el camión de la basura no haya pasado ya por tu casa.

VII

A veces siento que cuando vaya a tu casa te encontrarpe en tu silla de ruedas, en el centro del patio, tomando el fresco, juento al gallo muerto. Creo que tu imperiosa diligencia de madre dará un brinco cuántico, temporal, y nos apremiará en la madrugada para que dejemos de contar historias de terror que no nos dejerán ir temprano por el atole.

VIII

Dame mi domingo, abuelita, te prometo ir a misa y estudiar. Dame mi domingo en lunes, no es para mí, es para tu hija, que no deja de estar triste. Danos tu presencia otra vez, danos tus corajes, tu risa. Pela para nosotros las naranjas dulces, pártenos una manzana. Es absurda la nada.

IX

Yo no volveré de la escuela a tu casa nunca más. Mi madre no volverá de nuevo de su trabajo a tu casa para verte. Mi tío no volverá a la cordura. Hay quienes no devolverán lo que no les pertenece. No volverán tus nietos a verte.

No volverán a cicatrizar muchas heridas del Cristo que preside tu casa.

Tú tampoco volverás (en este momento sólo tengo esta engañosa certeza).

X

El diablo del que me hablabas a la hora de comer se ha reído con una bulliciosa carcajada, la más sonora y grande que le he escuchado. Tú decías que aquél que no se está quieto cuando come se puede caer de la mesa y poner triste al angelito de la izquierda de la silla y contento, divertido, al diablito de la derecha. Hoy te has caído tú al suelo más profundo del mundo, no te has caído de la mesa, te has caído de la vida.

XI

Todo esto semeja a un vidrio empañado por el frío y por la lluvia. El vidrio no deja ver bien lo que hay afuera. Rezuma agua de lluvia. La ventana está fría. Entra el viento de la noche al corazón, trae un mensaje de la penumbra: videmus nunc per speculum et in aenigmate (vemos como en un espejo y en enigma).

 

(2001)

Hierro candente,

fardo,

cadena que libera,

látigo,

algodón,

música.

Danza del misterio

sobre el mundo.

Recuento de cosas y acontecimientos.

Grieta y cal.

Vida.

Esto es

la palabra.

(2001)

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