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Imágenes de los transportistas entrevistados
Gracias a Pedro Terán por confiar en mi trabajo, a Débora y Jorge por confirmar mis sospechas y a Edurne por acompañarme y prestarme su grabadora.

Hace algunos días, mi esposa tuvo que salir por un compromiso de negocio y me pidió que asumiera las tareas de la casa por un día completo, de principio a fin. Accedí puesto que yo no tendría ocupación ese día.
La mañana comenzó con la preparación del desayuno. Freí huevos, preparé jugo y café, serví leche para los niños, tosté pan y dispuse la mesa con todo lo necesario para sentarse a comer. Llamé a mis hijos a la mesa, quienes con cierto recelo iban allegándose al comedor. Fui a sacar a la nena de su cuna y la senté en su silla especial. Al cabo de un rato todos se encontraban desayunando. Mi hijo menor vació la leche sobre la mesa, la nena despedazaba el pan y lo arrojaba al suelo, los mayores mientras comían también tiraban migajas de pan por doquier. Al terminar el desayuno ya sólo habían trastes sucios y restos de comida para recoger del suelo, razón por la cual me dispuse a hacer el aseo: barrer, trapear y lavar la loza, además aproveché para ir a las recámaras para doblar algo de ropa y tender la camas. Todo ello me llevó más de media mañana.
Pronto atardeció y pensé que sería bueno ponerme a hacer la comida, así que me dispuse a lavar el pollo y las verduras para hacer un caldo. Y aunque no me salen bien, tuve la osadía de hacer un arroz (el cual quedó al final un poco falto de cocción). Mis hijos habían estado jugando en el patio así que para cuando terminé ellos ya tenían hambre. Nuevamente comenzó el rito: llamarlos a comer, vigilar que se laven las manos, poner la mesa, servir la comida, recoger la suciedad. En ese momento me impresionó cómo hacía unas horas apenas había hecho el desayuno y ahora ya estaba terminando la comida.
La tarde siguió cayendo, mientras yo lavaba los trastes de la comida. Desde la ventana de la cocina se puede observar el curso de las horas, puesto que las sombras iluminan de manera desigual el pequeño patio al que se tiene acceso desde allí.
Por la tarde me senté a tomar un café. A esas alturas ya me sentía cansado. Mis hijos me acompañaron a la mesa para comer alguna fruta y luego se fueron a ver el televisor. Cuando me dejaron solo empecé a recordar un texto de Hannah Arendt que había estado leyendo un día antes. Me sorprendía las agudas observaciones que había hecho ella sobre la “labor”, actividad humana que se encuentra dentro de las más desprestigiadas.
Para Arendt existen dos tipos de vida: la activa y la contemplativa. La vida activa, a su vez posee tres instancias: la labor, el trabajo y la acción. Como he dicho, de todas ellas la labor es la que se ha llevado las peores valoraciones a lo largo de la historia, aunque en general el desprecio ha aplicado para la vida activa en sí misma[1].
Ello me recuerda una pregunta que suele hacerle la gente a los maridos: “¿su esposa trabaja?”. Comúnmente, cuando la mujer realiza las actividades del hogar, se responde “no”. La pregunta, que acierta al decir que la labor no es trabajo, no deja de tener un cierto sesgo despectivo: la labor es un trabajo menos digno[2]. Aunque ya no estamos en las épocas en las cuales se valoraba más a la «vita contemplativa», sino que hemos evolucionado hacia una sociedad más pragmática -en el mejor y peor sentido del término‑, todavía se pueden encontrar muchos recelos en contra de ciertas dimensiones de la «vita activa», como es el caso de la labor. Quizá el positivismo exacerbado, que heredamos de nuestra forma de educación, y que sólo premia los grandes logros “visibles” no nos permite reconocer aún el valor de las pequeñas acciones “invisibles” de la labor.
Arendt ha señalado que la labor siempre se ha encontrado en el peldaño más bajo de la escala de la actividad. Ni siquiera en la filosofía de Marx, de Locke, o de Smith -como ella misma dice‑ fue posible “salvar” a la labor[3].
La labor se caracteriza, ante todo, por su fugacidad; ella es, de alguna manera, “la actividad que se consume”. Creo que eso ha quedado bien claro en que he contado sobre la tarea de preparar el desayuno y la comida o de asear la casa. De hecho Arendt misma, citando a Locke, afirma que la labor se asocia a la dinámica del cuerpo y el trabajo a lo producido con las manos. Es a través de actividad que se produce lo necesario para el sostenimiento de la existencia humana -la elaboración de los alimentos, por ejemplo. De lo anterior se derivan dos rasgos fundamentales de la labor: su carácter cíclico -una labor siempre empieza y siempre acaba‑ y su repetitividad -la labor siempre debe volver a hacerse. El fin de la labor sólo llega con el fin de la persona[4].
¿Y qué se saca en limpio de la labor?, ¿todo se lo lleva el devenir? Arendt dice que lo que “produce” la labor son los bienes de consumo, pues de ella depende la subsistencia de la persona. ¡Qué valor el de la labor!, ¡hace posible que sigamos viviendo! Esto último es de gran interés para mí porque me hace preguntarme: ¿qué hubiera sido de mis hijos ese día si yo me hubiera rehusado a realizar las “labores del hogar”?, y aún más: ¿qué hubiera sido de mí si mi madre no hubiera hecho las labores que le tocaron hacer cuando yo era un niño?
Es propio de la naturaleza de la labor que ésta sea ardua y fugaz, ello lo demuestran sus propios bienes, que son perecederos: ¿cuánto dura un desayuno?, ¿cuánto dura una casa limpia (sobre todo si se tienen hijos)?, ¿qué tiempo se mantiene limpia la ropa de uso continuo?, ¿qué tiempo dilata en arrugarse una camisa tras haberse usado?, ¿con que frecuencia hay que lavar un baño o trapear el suelo?, etc.
* * *
La tarde cae, los niños desordenaron su habitación y hay que ayudarlos a recoger los juguetes, a acomodar las películas, ¡con lo cansado que uno está!
Me reconforta saber lo que piensa Arendt de la labor: ella es propia de la vida y con ella se participa del dolor que le pertenece a la vida, pero también de la “alegría de estar vivo” [5]. La alegría de la labor es la más real y fecunda[6]. Esto último me lo hicieron saber las sonrisas de mis hijos después de haber servido la cena y un beso de mi esposa por haberla apoyado ese día.
Al mandar a dormir a los niños terminé tan cansado que no tardé en irme a la cama también, especialmente porque temprano habría de hacer nuevamente el desayuno…
[1] Cfr. op. cit., p. 89.
[2] El apelativo de “sirvienta” -aquella que hace las labores‑ en la sociedad actual es bastante brusco y denota casi siempre una superioridad clasista. Por ello se escucha “mejor” el apelativo de empleada doméstica o afanadora.
[3] Idem, p. 91-92.
[4] Idem, p. 94-94.
[5] Op cit., p. 95-99.
[6] Pero también la miseria y el aburrimiento arruinan la alegría de vivir, dice Arendt.
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Esta carta la publiqué originalmente para dar respuesta a una pregunta provocativa de Rafael Robles, filósofo español, que me planteó en un foro de discusión: ¿cómo ha inflluído en mi labor docente la experiencia de Comunión y Liberación? La carta puede obervarse también en los archivos de la RED IRIS en el apartado de FILONINOS.
* * *
Estimado Rafael:
Me da mucho gusto la pregunta que haces al final de tu mensaje, es de esa clase de cosas que uno quiere que le pregunten y nadie se atreve. No es ninguna indiscreción contarte mi experiencia como profesor “cielino”, más bien es un gran gusto.
Mira, yo mismo aún no he acabado de dimensionar el impacto que ha tenido Comunión y Liberación a la hora de dar clases, sin embargo creo que puedo contarte algo de mi experiencia que quizá ayude a ir dando una respuesta.
Tu pregunta “¿cómo ha influído CL en mi tarea docente?” se puede entender de dos maneras: cómo ha influido para mí y cómo ha influido para mis alumnos. Desde ambos puntos de vista tengo algo que decir. Empezaré diciendo lo que me concierne en primera persona.
Dentro de lo más sobresaliente está el hecho que cada día que entro a dar una clase lo hago con la convicción de que educar es introducir a la realidad total; esto aplica para mis alumnos pero -y sobre todo- también para mí. Tanto ellos como yo buscamos el significado de las cosas -de la realidad- en su totalidad, queremos saber desde por qué llueve hasta para qué se vive (claro está es que esta última pregunta interesa más existencialmente). Como tu mismo sabrás hay quienes enfrentan con más energía que otros estas cuestiones, pero en todos está presente el deseo de verdad. Esta conciencia me acompaña a la hora de pararme frente al grupo, a veces pienso dentro de mí: “éstos y yo somos lo mismo, en mi caso sólo unos años más hacen la diferencia”, es decir, “ellos buscan lo mismo que yo”, “hay algo que nos identifica, algo por lo cual ellos y yo estamos en este mundo”, ése algo es Misterio, porque en nuestra vida no podemos saber de qué se trata exactamente hasta que alguien nos lo dice: “es la justicia”, “es el amor”, “es la verdad”, “es la felicidad”.
Junto al deseo (de verdad, de justicia, de belleza, de felicidad) también está la pregunta: ¿es posible? Ello implica un dramatismo. Las escuelas en donde he dado clases han sido laicas en el peor sentido del término (no como en Europa en donde por lo menos se “tolera” la clase de religión). Aquí en México el ambiente es un poco diferente; el modo de concebir la enseñanza presiona en una dirección que hace a todos vivir sus convicciones en privado (sea de manera explícita o tácita, luego lo que no se dice presiona más de lo que parece).
Digo que dar una respuesta a la cuestión de si es posible la felicidad es dramático porque uno tiene que enfrentarse con una mentalidad anti-religiosa, lo cual ya es duro, pero encima de ello está el hecho de cómo se entiende lo propiamente religioso: la religión es un formalismo heredado de la familia en donde la iniciativa personal de dar una respuesta queda de lado, así se escucha decir: “soy cristiano porque en mi familia lo son”.
Yo le debo a la filosofía el haber descubierto (con Aristóteles y mi profesor de bachillerato) que soy deseo de felicidad y le debo a CL el haber encontrado la compañía ir hacia ese Destino. Este hecho transforma totalmente mi humanidad y, como una dimensión especial, mi trabajo como profesor.
Si se parte de que los chicos y uno tienen los mismos deseos originarios las cosas se facilitan para mí. Tal vez ellos no lo noten muchas veces, pero para mí esta conciencia hace una diferencia pues ya no me puedo permitir estar distraído ante ellos: es la realidad lo que está en juego. No quiero decir con esto que cuando me relaciono con ellos comprendan todo o queden exultantes después de cada clase (¡ya quisiera que eso pasara!) sino que nace en mí una actitud diferente: la lealtad a la realidad. He aprendido que muchas veces lo que educa es poner cosas (grandes) que estén a la altura de los deseos (grandes) de los chicos. En ese sentido más de una vez he acudido a los autores de “referencia” del movimiento: Leopardi, Pavese, Eliot, Dante, Shakespeare, Camus, san Agustín, etc. Al leer a los clásicos en los chicos va despertando poco a poco el gusto por la buena literatura, pero sobre todo la conciencia de que ellos comparten las mismas exigencias.
En este punto quisiera hablar del impacto de la experiencia de CL con los chicos. Salvo una sola ocasión (cuya reseña se puede ver en el siguiente link: http://victorvorrath.wordpress.com/2006/12/11/%c2%bfquien-es-jesucristo/ ), nunca he hablado abiertamente de Jesucristo en clase, no por lo menos para tratar de “convencerlos” al cristianismo. Yo mismo aborrecí el “activismo” -religioso o político- de muchos de mis profesores cuando era estudiante. Sin embargo la postura educativa de CL sí la he desarrollado ampliamente con algunos buenos resultados (que si se han logrado no he sido sólo yo el que los ha conseguido).
Hace algunos años antes de que acabara un curso una chica dejó un recado en la dirección de la escuela en donde me agradecía el haber descubierto que ella era deseo de felicidad. ¿Te das cuenta? Ya sólo esa notita de una chica a la que nadie bajaba de “perdida”, que venía de una familia disfuncional, de padres alcohólicos, etc., hacía que mi labor ya hubiera valido la pena tan sólo por ese juicio. Desgraciadamente se mudó y ya nunca supe de ella.
Los chicos son listos y perciben bien cuándo alguien es honesto y cuándo no. Espero haber sido lo suficientemente leal con la experiencia que me ha acontecido para haber comunicado más de lo que yo mismo sabía. De cualquier forma siempre queda una sensación de “incertidumbre” porque, como explica Hannah Arendt de la acción, ésta tiene objetivos muy claros pero fines poco previsibles.
Con todo, mi labor como docente, no ha estado exenta de las penurias que a cualquiera le pueden acaecer: alumnos que no responden por más que uno se desgañite, incomprensiones, prejuicios.
¿Cómo ves?
Espero no haberme extendido demasiado; estas cosas no se pueden contar sin emoción y en dos o tres renglones. Ojalá mi respuesta aclare tu pregunta, y si no es así, siempre puedes preguntar más.
Cabe decir que FpN potenció, con su método, mi deseo de dialogar con los chicos y el hecho de hacerles conscientes de sus propias exigencias.
Me gustaría saber tu opinión de todo esto.
Recibe un cordial abrazo,
Víctor




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