You are currently browsing the category archive for the 'Educación' category.
Esta carta la publiqué originalmente para dar respuesta a una pregunta provocativa de Rafael Robles, filósofo español, que me planteó en un foro de discusión: ¿cómo ha inflluído en mi labor docente la experiencia de Comunión y Liberación? La carta puede obervarse también en los archivos de la RED IRIS en el apartado de FILONINOS.
* * *
Estimado Rafael:
Me da mucho gusto la pregunta que haces al final de tu mensaje, es de esa clase de cosas que uno quiere que le pregunten y nadie se atreve. No es ninguna indiscreción contarte mi experiencia como profesor “cielino”, más bien es un gran gusto.
Mira, yo mismo aún no he acabado de dimensionar el impacto que ha tenido Comunión y Liberación a la hora de dar clases, sin embargo creo que puedo contarte algo de mi experiencia que quizá ayude a ir dando una respuesta.
Tu pregunta “¿cómo ha influído CL en mi tarea docente?” se puede entender de dos maneras: cómo ha influido para mí y cómo ha influido para mis alumnos. Desde ambos puntos de vista tengo algo que decir. Empezaré diciendo lo que me concierne en primera persona.
Dentro de lo más sobresaliente está el hecho que cada día que entro a dar una clase lo hago con la convicción de que educar es introducir a la realidad total; esto aplica para mis alumnos pero -y sobre todo- también para mí. Tanto ellos como yo buscamos el significado de las cosas -de la realidad- en su totalidad, queremos saber desde por qué llueve hasta para qué se vive (claro está es que esta última pregunta interesa más existencialmente). Como tu mismo sabrás hay quienes enfrentan con más energía que otros estas cuestiones, pero en todos está presente el deseo de verdad. Esta conciencia me acompaña a la hora de pararme frente al grupo, a veces pienso dentro de mí: “éstos y yo somos lo mismo, en mi caso sólo unos años más hacen la diferencia”, es decir, “ellos buscan lo mismo que yo”, “hay algo que nos identifica, algo por lo cual ellos y yo estamos en este mundo”, ése algo es Misterio, porque en nuestra vida no podemos saber de qué se trata exactamente hasta que alguien nos lo dice: “es la justicia”, “es el amor”, “es la verdad”, “es la felicidad”.
Junto al deseo (de verdad, de justicia, de belleza, de felicidad) también está la pregunta: ¿es posible? Ello implica un dramatismo. Las escuelas en donde he dado clases han sido laicas en el peor sentido del término (no como en Europa en donde por lo menos se “tolera” la clase de religión). Aquí en México el ambiente es un poco diferente; el modo de concebir la enseñanza presiona en una dirección que hace a todos vivir sus convicciones en privado (sea de manera explícita o tácita, luego lo que no se dice presiona más de lo que parece).
Digo que dar una respuesta a la cuestión de si es posible la felicidad es dramático porque uno tiene que enfrentarse con una mentalidad anti-religiosa, lo cual ya es duro, pero encima de ello está el hecho de cómo se entiende lo propiamente religioso: la religión es un formalismo heredado de la familia en donde la iniciativa personal de dar una respuesta queda de lado, así se escucha decir: “soy cristiano porque en mi familia lo son”.
Yo le debo a la filosofía el haber descubierto (con Aristóteles y mi profesor de bachillerato) que soy deseo de felicidad y le debo a CL el haber encontrado la compañía ir hacia ese Destino. Este hecho transforma totalmente mi humanidad y, como una dimensión especial, mi trabajo como profesor.
Si se parte de que los chicos y uno tienen los mismos deseos originarios las cosas se facilitan para mí. Tal vez ellos no lo noten muchas veces, pero para mí esta conciencia hace una diferencia pues ya no me puedo permitir estar distraído ante ellos: es la realidad lo que está en juego. No quiero decir con esto que cuando me relaciono con ellos comprendan todo o queden exultantes después de cada clase (¡ya quisiera que eso pasara!) sino que nace en mí una actitud diferente: la lealtad a la realidad. He aprendido que muchas veces lo que educa es poner cosas (grandes) que estén a la altura de los deseos (grandes) de los chicos. En ese sentido más de una vez he acudido a los autores de “referencia” del movimiento: Leopardi, Pavese, Eliot, Dante, Shakespeare, Camus, san Agustín, etc. Al leer a los clásicos en los chicos va despertando poco a poco el gusto por la buena literatura, pero sobre todo la conciencia de que ellos comparten las mismas exigencias.
En este punto quisiera hablar del impacto de la experiencia de CL con los chicos. Salvo una sola ocasión (cuya reseña se puede ver en el siguiente link: http://victorvorrath.wordpress.com/2006/12/11/%c2%bfquien-es-jesucristo/ ), nunca he hablado abiertamente de Jesucristo en clase, no por lo menos para tratar de “convencerlos” al cristianismo. Yo mismo aborrecí el “activismo” -religioso o político- de muchos de mis profesores cuando era estudiante. Sin embargo la postura educativa de CL sí la he desarrollado ampliamente con algunos buenos resultados (que si se han logrado no he sido sólo yo el que los ha conseguido).
Hace algunos años antes de que acabara un curso una chica dejó un recado en la dirección de la escuela en donde me agradecía el haber descubierto que ella era deseo de felicidad. ¿Te das cuenta? Ya sólo esa notita de una chica a la que nadie bajaba de “perdida”, que venía de una familia disfuncional, de padres alcohólicos, etc., hacía que mi labor ya hubiera valido la pena tan sólo por ese juicio. Desgraciadamente se mudó y ya nunca supe de ella.
Los chicos son listos y perciben bien cuándo alguien es honesto y cuándo no. Espero haber sido lo suficientemente leal con la experiencia que me ha acontecido para haber comunicado más de lo que yo mismo sabía. De cualquier forma siempre queda una sensación de “incertidumbre” porque, como explica Hannah Arendt de la acción, ésta tiene objetivos muy claros pero fines poco previsibles.
Con todo, mi labor como docente, no ha estado exenta de las penurias que a cualquiera le pueden acaecer: alumnos que no responden por más que uno se desgañite, incomprensiones, prejuicios.
¿Cómo ves?
Espero no haberme extendido demasiado; estas cosas no se pueden contar sin emoción y en dos o tres renglones. Ojalá mi respuesta aclare tu pregunta, y si no es así, siempre puedes preguntar más.
Cabe decir que FpN potenció, con su método, mi deseo de dialogar con los chicos y el hecho de hacerles conscientes de sus propias exigencias.
Me gustaría saber tu opinión de todo esto.
Recibe un cordial abrazo,
Víctor
La identificación de un problema
Dentro de las muchas interrogantes que se han intentado responder sobre el ser humano, destaca como una preocupación fundamental de nuestro tiempo la siguiente: ¿cómo se educa al hombre? Durante mucho tiempo no se había cuestionado cómo educar al hombre, ya que la tradición y la autoridad ofrecían respuesta puntual a este respecto. Sin embargo, el irracionalismo que caracteriza el inicio de nuestra época ha engendrado, alcanzando la maestría de los tétricos dibujos de Goya, la duda sobre el hombre, principalmente sobre su naturaleza y su destino, pero también de modo derivado, sobre cómo educarlo.
Un primer enfoque del problema: la escuela
Sobre cómo educar al hombre se ha escrito mucho, pero de ello quizá muy poco es esencial. Los modos de atreverse a responder a este interrogante han sido muy variados, cuando no equívocos y antagónicos. De hecho la sola palabra educar ya deriva diversas acepciones, las cuales han generado muchos malos entendidos. Sin embargo entre todo el caos, pueden agruparse las confusiones semejantes y formarse grupos; uno de los más notables es el que confunde, o peor aún, reduce, la educación a la didáctica, arrinconando así la educación exclusivamente al ámbito de la escuela. Para los partidarios de esta postura, educar vendría a ser ubicar las estrategias que conducirán, a partir de un método de enseñanza determinado anteriormente como óptimo, a la apropiación de los contenidos a ser aprendidos. Aunque los gruesos volúmenes que se han escrito sobre este tema abundan, ninguno de ellos puede dar respuesta satisfactoria al problema de educar. Para educar al hombre no bastan las estrategias que proporciona la pedagogía. La didáctica tiene mucho que aportar a la educación del hombre siempre y cuando reconozca su subordinación al proceso completo de formación humana, en lugar de erigirse como principio “solucionador” de todos los problemas.
Una segunda perspectiva: el mercado
Un segundo enfoque ‑a mi criterio más complejo que el anterior, debido a la carga ideológica que contiene‑ es el que propugna por una formación al servicio del mercado, es decir, la educación será tal en la medida en que el estudiante le pueda retribuir algo en sentido económico, y esto en dos frentes: la escuela concebida como negocio y la escuela concebida como capacitación para el trabajo. Esta perspectiva de la educación comparte con la anterior postura, el común denominador de identificar, con la misma calidad de las proposiciones contrarias, escuela y educación. Los supuestos de esta perspectiva son que nadie quiere un país en retroceso y que todos desean la abundancia económica, luego, los avispados afiliados a esta escuela-capacitadora lanzan, como la mejor oferta del día, que la escuela sea el lugar idóneo para la formación de los protagonistas del futuro progreso económico.
Hace tres años, antes de iniciar una clase ordinaria de filosofía, se me ocurrió plantear la pregunta de por qué se celebraba la navidad. La mayoría de los alumnos no había terminado de ingresar al aula, así que sólo quienes habían llegado primero pudieron darme alguna respuesta. Hubo quien me dijo que celebrábamos la navidad porque era una tradición, y como toda tradición, habría de cumplirse. Alguna chica expresó que la navidad era una época muy bonita y que era la temporada que más le gustaba del año, particularmente por los regalos que recibía. Eran las últimas clases antes de las vacaciones de diciembre de 2004.
Poco a poco, empecé a recibir distintos tipos de respuestas sobre por qué celebrábamos la navidad. Finalmente alguien dijo en tono de pregunta: “¿Qué no celebramos la navidad porque nació Dios?” Para este momento todos mis alumnos ya estaban en el aula, entonces interrumpí las respuestas que escuchaba e interrogué: “¿Y qué tiene de especial que haya nacido Dios?, ¿qué significa eso para ustedes?” La única respuesta que obtuve fue un sorpresivo y prolongado silencio. Entonces, como nadie decía nada puse el siguiente ejemplo: “Imagínense –dije‑ que en este momento entrara por la puerta del salón un hombre vestido con jeans, playera y gorra, y dirigiéndose al centro del salón dijera a todos: «Yo soy la verdad».”
Tres manos levantadas no se hicieron esperar. El primero de los alumnos dijo con una espontaneidad que desató la risa de la clase: “¡Yo lo pateaba! ¿Cómo un tipo va llegar de repente a decirnos que él es la verdad?”. De repente sentí surgir dentro de mí un escrúpulo debido a la expresión, sin embargo como me interesaba más comprender la razón de lo dicho, no dije nada. Casi automáticamente después de la respuesta anterior una alumna, corrigiendo a su compañero, dijo: “Pues yo no lo patearía, porque no me ha hecho nada, pero tampoco le haría caso; eso de que alguien es la verdad es muy extraño, sólo a un loco se le ocurriría decir eso”. Después de que terminó de hablar pregunté: “¿eso es todo?, ¿esa es la manera como reaccionarían?” Un alumno levantó la mano con una sorprendente respuesta: “Yo le preguntaría, por qué dice eso”. “¿Y si te dijera que sólo lo podrías descubrir acompañándolo a donde él vaya?”, repliqué. “Lo seguiría”, me contestó el chico.
Los muchachos habían recreado, sorprendentemente en la sinceridad de sus respuestas, la figura de Jesucristo. “Miren qué curioso”, dije a la clase, “todo lo que han contado es lo que le ocurrió al que estamos celebrando. En efecto, Jesucristo fue pateado, humillando y crucificado. También hubo algunos que durante su calvario sólo le veían sufrir pero que no le siguieron y tampoco le agredieron. Finalmente, un grupo reducido de hombres y mujeres, le siguió, deseaba saber cómo era posible lo que anunciaba. Él decía de sí mismo ser el Camino, la Verdad y la Vida. Con el tiempo esa pequeña comunidad de personas que le siguió se convirtió en lo que hoy llamamos Iglesia.
En aquella ocasión los chicos se aproximaron, a través de in incidente circunstancial a un evento tan lejano, existencialmente considerado, como lo es el nacimiento de Jesucristo.

Comentarios