- 1. Introducción
El evidente desprestigio de la política ante los ojos de la sociedad hace que las preguntas más elementales sobre la actividad política vuelvan a plantearse de forma apremiante. Muchos han sido los pensadores que han dado la espalda al problema político, con la respetable justificación de avocarse a la contemplación de las Ideas Universales. Hannah Arendt ha renunciado al apelativo de “filósofa” si en ello estaba en juego su simpatía por el hecho político. En la obra de Hannah Arendt es posible encontrar una revalorización de la política no a partir del recogimiento academicista, sino del valiente compromiso con el presente, a partir de la experiencia. El presente ensayo se inserta dentro del ámbito de la filosofía política y pretende exponer en sus rasgos generales algunos aspectos por los cuales Hannah Arent valora la reflexión y el quehacer políticos. Consciente de que la obra de nuestra autora aún no ha sido entregada en su totalidad a la prensa y de que algunos de sus escritos son periodísticamente accesibles y otros académicamente profundizables, se debe considerar el presente trabajo como un esbozo, como un primer intento de aclarar el valor de su pensamiento político.
- 2. Opción por el mundo, opción por lo político
Muchos son los argumentos que se han pronunciado en contra del pensamiento de Hannah Arendt. Si se quisiera reunir algunos de ellos, se podría comenzar mencionando que su «no-filosofía»[1] es meramente reactiva; que el pensamiento político de la autora surgió solamente como respuesta a las atrocidades cometidas en el Holocausto; que en sus reflexiones no hay una hipótesis positiva que explique el “hecho político”, sino más bien una contestación al totalitarismo que le tocó vivir en la Europa de la post-guerra[2]. Se podría decir que Arendt no tenía la pretensión de escribir un “sistema”, en el sentido que la tradición alemana, a la que ella pertenecía, inevitablemente planteaba como canon. También se podría decir que la pensadora alemana posee fuertes tendencias “liberales”, sobre todo cuando ha sido evidente su admiración por el sistema político norteamericano[3], o que ha metido en el mismo saco de “totalitarismo” a sistemas políticos tan disímiles en sus justificaciones teóricas ‑pero tan parecidos en sus reducciones de la persona humana‑ como lo son el nacionalsocialismo o el comunismo.
Sin embargo sería injusto desacreditar a un pensador sólo por el hecho de responder a un acontecimiento de la realidad, de hecho cabría preguntarse si alguna filosofía no ha partido de lo real, incluso el idealismo más exacerbado. Para Arendt la filosofía occidental ‑Aristóteles, Platón, Kant, Heidegger‑ se ha distanciado el “mundo”, para tomar prestada una expresión heideggeriana. El filósofo se ha recluído en el topos uranos, al lugar de las esencias ideales, y con ello se ha olvidado de los hechos del mundo. A juicio de Arendt, en los crímenes contra la humanidad que se suscitaron durante la segunda guerra mundial la filosofía no está exenta de responsabilidad[4].
Hannah Arendt, para mostrar su fidelidad al ámbito político, rechaza el apelativo de “filósofa” si por ello debe entenderse alguien que se aparta del mundo, es decir, de lo político. La mundanidad es un factor intrínseco de lo político. Al elegir lo político se elige el mundo. En esta opción por el mundo, en esta actitud de nuestra filósofa, se deja ver un profundo realismo fenomenológico, ya que, como quería Husserl, ella se avoca a los datos inmediatos de la experiencia, no a las ideas preconcebidas, que como ella misma dijo, ya habían dado de sí[5]. Ello justificará su tendencia a establecer definiciones dentro del cuerpo de su pensamiento, por ejemplo, las capitales distinciones entre “labor”, “trabajo” y “acción”[6].
- 3. Conceptos preliminares
Como se ha mencionado anteriormente, la novedad del planteamiento arendtiano estriba, por una parte en el reconocimiento de que la tarea del análisis de la realidad ha de apelar fundamentalmente a la experiencia. En las mismas palabras de Arendt se aprecia la experiencia como criterio de conocimiento:
«El pensamiento mismo nace de los acontecimientos de la experiencia viva y debe mantenerse vinculado, a ellos como los únicos indicadores para poder orientarse»[7]
De hecho la idea de rechazar la idea de “hombre” genérico, típica de la tradición filosófica occidental ‑por ejemplo Kant o Heidegger, quienes influyeron en su pensamiento‑. me parece que más que un rechazo a la antropología filosófica, que pretende descubrir la esencia de lo específicamente humano (Husserl), es la afirmación o desarrollo del concepto de experiencia en la persona singular: lo que importa es el hombre concreto, el hombre que es culturalmente plural. Por ello Fina Birulés, estudiosa de Arendt ha señalado que nuestra filósofa de algún modo se opone a una concepción “despersonalizada” de la persona, es decir, abstracta, alejada de sus dimensiones particulares, de su singularidad:
…reconoce que la condición d ela vida del espíritu supone una cierta retirada de la acción, de lo visibe, Arendt subraya algunos problemas vinculados a esta hipostatización; no sólo los que se refieren al establecimiento de los conocidos dualismos entre alma y cuerpo, mundo sensible y mundo suprasensible, sino, en particular, los relativos al carácter del Yo pensante, un Yo que no tiene ni edad ni sexo y carece de cualidades y de biografía. Se trata de un Yo que nunca aparece ante los otros, con lo cual es radicalmente apolítico o, por decirlo de otra forma, amundano.
Dentro de la concepción antropología arendtiana existen algunos conceptos que de modo esquemático podrían expresarse del modo siguiente:
Dimensiones de la persona
Vita activa: Labor, Trabajo, Acción
Vita contemplativa: Querer, Juzgar, Pensar
El planteamiento de su estructura antropológica en “vita activa” y “vita contemplativa” es interesante porque es un intento de hacer una imagen del hombre, pero no del hombre abstracto, sino del hombre concreto, del hombre histórico, o, mejor de lo que ha sido el hombre «desde el ventajoso punto de vista de nuestros más recientes temores y experiencias»[9].
La dimensión “activa” de la vida, permitirán al hombre “estar en el mundo”, para tomar prestada una expresión de Heidegger. En donde el objeto propio de la labor serán los bienes de consumo, del trabajo la cultura y de la acción, la política. La “vita contemplativa”, por su parte, permite al hombre “estar consigo mismo” y “reconciliarse con el mundo”.
- 4. Un nuevo modo de considerar a la política: el hombre como centro
Para nuestra autora es necesario volver a responder la pregunta “¿qué es política?” no por un afán intelectualista o académico, no por una moda o un esnobismo, sino porque la pregunta surge de la realidad: el totalitarismo alemán de la década de los años cuarenta del siglo pasado y la sistemática reducción de los judíos de su dignidad personal a simples objetos de experimentación y muerte hizo saltar todos los marcos de referencia conocidos. Nunca se había dado antes algo igual, opinará Arendt. De hecho ella misma pensaba que volvemos a preguntarnos las cosas que creíamos sabidas cuando las respuestas del ambiente ya no sirven para enfrentar nuestra circunstancia[10].
Para Arendt lo político es «un ámbito del mundo en que los hombres son primariamente activos y dan a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían»[11]. Si apelamos a esta referencia la política, ante todo es participación del singular humano. Por ello, nuestra pensadora denunciará a aquellos que intentan práctica o intelectualmente escapar al compromiso que impone la política dada nuestra condición humana:
Sin embargo, los prejuicios contra la política, la idea de que la política interior es una sarta fraudulenta y engañosa de intereses e ideologías mezquinos, mientras que la exterior fluctúa entre la propaganda vacía y la cruda violencia son considerablemente más antiguos que la invención de instrumentos con los que poder destruir toda vida orgánica sobre la Tierra. [...] Pero lo que hoy da su tono peculiar al prejuicio contra la política es: la huida hacia la impotencia, el deseo desesperado de no tener que actuar eran entonces todavía prejuicio y prerrogativa de una clases social restringida que opinaba como Lord Acton que el poder corrompe y la posesión del poder absoluto corrompe absolutamente[12].
Si la política, asumidas las críticas a la sociedad anteriormente citadas, deberá ser restituida, entonces habrá de considerarse seriamente la vuelta antropológica, que además de considerar la singularidad, deberá establecer puentes de comunicación con los diversos singulares, esto es con la pluralidad. La teoría política es una reacción, sí. Pero es una reacción constructiva, se pretende salvar lo humano particular, los hombres y mujeres concretos, de un futuro amenazador en donde si bien la bomba atómica ha instaurado la “paz”, no da ninguna garantía de que ella misma no sea principio de “guerra”. Por lo tanto se debe cuidar un aspecto esencial a la hora de plantear nuevamente la re-habilitación de la política: evitar la “trivialización”. Vaclav Belohradsky explica así esta idea perteneciente a nuestra pensadora, aplicada a la figura de Eichmann en el proceso de Jerusalén:
H. Arendt define la «trivialización» como sustracción organizada de significado subjetivo a las acciones individuales de modo que el que las lleva a cabo no se plantee la pregunta de su significado para los demás, de su legitimidad; se trata de una disociación entre las acciones individuales y su significado real. Esta sustracción es el resultado de una transformación del sentido común, de una disminución o de una parálisis de nuestra capacidad de comunicarnos con los demás, de reaccionar ante sus puntos de vista, de construir un sentir común ante las situaciones en las que actuamos.
La trivialización, pues, lleva consigo el borrar el sentido de la realidad, el cierre disciplinado a todos los significados que surgen de una comunicación real intersubjetiva o de un contraste de pareceres subjetivos [...]
Eichmann dice de sí mismo: «el lenguaje burocrático es mi única lengua». H. Arendt comenta esto con la observación de que su incapacidad para expresarse en un lenguaje que no fuese burocrático o basado en fórmulas acuñadas en el ámbito de los problemas administrativos estaba estrechamente relacionada con una incapacidad para pensar, es decir, para pensar desde el punto de vista de cualquier otro. Era imposible comunicarse con él, no porque mintiera, sino porque las palabras y la presencia de los demás, y por lo mismo, la realidad en cuanto tal, no le afectaban.[13].
La anterior referencia de de Belohradsky acentúa que a la par de la consideración del singular humano está la actitud de no perder de vista el realismo. Aquella capacidad que ya definía Tomás de Aquino como adequetio intellectus et rei. Sólo que en el caso de Arendt esta concepción adquiere un cariz nuevo: considerar lo que el otro piensa como medio de legitimación de lo “real”, es decir, el otro será el tamiz con el cual se habrá de cribar la concepción del mundo, la adecuación.
Por otra parte, la teoría política de Arendt nos llama la atención sobre un hecho que pudiera parecer escandaloso: nuestra concepción de política está basada en la violencia:
Puesto que nuestras experiencias con la política se han dado sobre todo en el campo de la violencia, nos parece natural entender la acción política según las categorías del coaccionar y ser coaccionado, del dominar y ser dominado, pujes en ellas se hace patente el auténtico sentido de todo acto violento[14].
Desde mi punto particular de vista, esto sería lo primero que se debería modificar, el aspecto sobre el cual se debería trabajar. Entender el quehacer político no como violencia, sino como una consideración del otro, que es diverso.
Una consideración especial dentro de la obra de Arendt es el concepto que tiene de “poder”. En sintonía con su profunda opción por los hombres concretos, nuestra pensadora ubica el origen del poder en la sociedad, quizá en su calidad de ciudadano ‑recordemos que Arendt era una profunda conocedora de los textos filosóficos de la Gracia clásica: Platón, y sobre todo, Aristóteles‑, de tal suerte que ella llegó a afirmar contundentemente que «el poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente»[15]
- 5. Conclusiones
Por todo lo anteriormente expuesto se puede concluir que en la “vuelta” hacia la política, Arendt implica una nueva concepción del hombre, una mirada nueva en donde el hombre particular tenga cabida. Esta actitud nos hace pensar en el clásico operari sequitur esse (de la operación se sigue el ser) de Tomás de Aquino, en donde bien podríamos sustituir la palabra “operari” (operación) por la palabra acción: de la acción se sigue el ser, en este caso del hombre.
La impresionante re-lectura de los clásicos que realizó, sobre todo en cuanto a su concepción de la polis y su fehaciente rechazo de cualquier tipo de totalitarismo, nos hacen confiar en la fundamentación de la filosofía política de Arendt, basada en el estudio sesudo de Aristóteles y en su propia experiencia como judía durante el “tercer Reich”. Este ensayo espera haber podido hacer notar la “nueva” concepción del hombre dentro de la filosofía política de nuestra autora, esperando que otros politólogos se interesen en esta pensadora en la que se encuentran claves valiosas para comprender nuestro tiempo.
Bibliografía consultada
- § ARENDT Hannah, De la historia a la acción, Paidós, Barcelona 1999.
- § ARENDT Hannah, Entre el pasado y el futuro, Península, Barcelona 1996.
- § ARENDT Hannah, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993.
- § ARENDT Hannah, ¿Qué es política?, Paidós, Barcelona 1997.
- § BELOHRADSKY Vaclav, La vida como problema político, Encuentro, Madrid, 1988.
- § BIRULÉS Fina, La herencia sin testamento: Hannah Arendt, Herder, Barcelona, 2007.
[1] Concepto tomado de Amiel Anne, La non-philosophie de Hannah Arendt, París, PUF, 2001 a partir de la cita de Birulés Fina, La herencia sin testamento: Hannah Arendt, Herder, Barcelona, 2007, p.61.
[2] Sobre el impacto que produjo el Holocausto en Arendt puede verse el comentario de Fina Birulés en la introducción “¿Por qué debe haber alguien y no nadie?” en ARENDT Hannah, ¿Qué es política?, Paidós, Barcelona 1997.
[3] Cfr. Cruz Manuel, “Con Arendt, contra Arendt. Entrevista con Seyla Benhabib”, Letras Libres, México, abril 2007.
[4] Véase la cita que aparece en Birulés Fina, La herencia… op.cit.
[5] «Concern with Politics in Recent European Philosophical Thought», Arendt Hannah., Essays in Understanding 1930-1954, Harcourt, Brace & Co, Nueva York, 1994, p. 436; en: Birulés Fina “¿Por qué debe haber alguien y no nadie?”, op. cit.
[6] Será este último concepto en el que nos centraremos ya que, según Arendt, es el que explica propiamente la acción política.
[7] Arendt Hannah, Entre el pasado y el futuro, Península, Barcelona 1996, pág. 20.
[8] La estructura de la “vita activa” puede apreciarse directamente en la obra La condición humana, la división y el concepto de “vita contemplativa” lo he ido construyendo a partir de los textos de Fina Birulés, de la lectura de otros ensayos sobre Arendt y de pláticas con profesores.
[9] Arendt Hannah, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, p. 18.
[10] Cfr. Birulés Fina “¿Por qué debe haber alguien y no nadie?”, op. cit.
[11] Arendt Hannah, ¿Qué es política?, op. cit., p. 50.
[12] Idem, p. 51.
[13] Belohradsky Vaclav, La vida como problema político, Encuentro, Madrid, 1988, p.120-121.
[14] Arendt Hannah, ¿Qué es política?, op. cit. p. 138
[15] Arendt Hannah, Crisis de la República, Madrid, Taurus, 1973, pág. 154; en: Cruz Manuel, “Hannah Arendt, pensadora del siglo”, estudio preliminar presentado en La condición humana, op. cit., p.VI. En interpretación de Manuel Cruz “el fenómeno fundamental del poder no es la instrumentalización de una voluntad ajena para los propios fines, sino la formación de una voluntad común en una comunicación orientada al entendimiento. El poder deriva básicamente de la capacidad de actuar en común” (Idem).

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