Fotografía: Blanca Charolet/INBA
Mientras estaba comiendo en el restaurante al que regularmente voy después de salir de trabajar de la universidad, vi en el televisor del local la noticia de que Andrés Henestrosa había fallecido. Eran las tres y fracción de la tarde.
Recuerdo muy bien la primera vez en que lo conocí. Iba en el quinto año de primaria de la escuela primaria “27 de septiembre”, en la ciudad de Oaxaca. Los maestros nos habían formado muy temprano en los pasillos de la escuela, nos habían dicho que ese día se inauguraría la biblioteca. “¿Quién la va a inaugurar?”, preguntábamos algunos de nosotros a la maestra. “El escritor Andrés Henestrosa”, contestó. El sol aún no nos favorecía con su calor, así que el frío contribuía a nuestro nerviosismo: íbamos a conocer a un escritor, eso significaba algo importante para nosotros pues nunca habíamos conocido uno.
La biblioteca se había reservado, desde su construcción, a la inauguración. No se nos permitió el acceso, ni cuando llevaron el televisor y la videocasetera. La inauguración de la biblioteca era todo un acontecimiento.
La espera fue larga. Debido a mi estatura (era de los más altos de la clase) me enviaron hasta el final de la fila, cosa que lamenté porque quería estar cerca del escritor. Sin embargo mis compañeros menos entusismados me fueron cediendo sus lugares para poder platicar a sus anchas en la parte final de la formación y no fueran sorprendidos por la maestra.
Al fin llegó. Notamos su presencia por el gran alboroto que ocasionó al llegar a la escuela. Una comitiva compuesta por el director, maestros y padres de familia salió a recibir a don Andrés. Yo me paraba sobre las puntas de mis pies para poder verlo. Al llegar a la puerta de la biblioteca ya lo esperaba otro grupos de maestros. El listón rojo y las tijeras estaban listas. Yo miraba atentamente, también los compañeros que me habían cedido su lugar, quienes volvían a reclamarlo mediante empujones. En esto se reconoce una personalidad excepcional: tiene el poder de cautivar a propios y extraños.
Fueron breves momentos en lo que pudiemos verlo. Don Andrés nos dirigió unas breves palabras, eran sobre el amor a los libros.
Como el pasillo en el que estábamos era estrecho y había mucha gente, la maestra nos mandó al salón (¡qué habríamos dado por seguir mirando!, sólo eso, mirando). Se eschuchó un “¡ahh!” generalizado de parte nuestra, pero tuvimos que regresar al salón. Además hacía frío.
La maestra nos dejó solos un momento ya que el director la llamó. Yo me quedé pensando en don Andrés, y en la reacción que produjo su visita en todos nosotros.
Años más tarde, siendo ya profesor, se me pidió preparar un discurso para el día de la madre. Estaba cargado de trabajo y no sabía qué redactar, así que busqué (en internet) algo que me ayudara a salir del “paso”. No encontré nada, nada significativo, quiero decir, salvo una referencia: Retrato de mi madre, de Andrés Henestrosa. Encargué el texto al día siguiente, tardó un mes en llegar (obviamente tuve que hacer mi discurso retomando ideas de otro lado). De esta obra Octavio Paz dijo que en ella se encontraban algunas de las páginas más bellas de la literatura mexicana. Y esto es cierto, lo comprobé al leerla. En la obra se narra una vida común, la de su madre; pero toda vida común tiene algo de universal.
“… Un lenguaje nítido, nunca excesivo, a un tiempo reservado y tierno, sobrio y luminoso. Una prosa de andadura ligera, que nunca se precipita y nunca se retrasa: una prosa que llega a tiempo siempre. La historia simple y contada con palabras transparentes… Pocas veces la prosa de nuestra lengua ha logrado tal fluidez de agua corriente.” Octavio Paz
Andrés Henestrosa escribió poco. Esto es llamativo, contrasta con la actual tendencia de muchos que se autodenominan “escritores” y sienten la premura de entregar páginas a la prensa tan pronto han sido escritas. Las palabras de Henestrosa abrigan la pausa de quien no siente prisa por publicar, de quien no busca la celebridad en el tiraje voluminoso de sus obras, de quien prefiere una imagen bien acuñada, una metáfora significativa. En su obra se percibe la sencillez: Andrés era un hombre que se dejaba tocar por las cosas y a éstas les daba voz.
Sicarú guyé (que tengas buen viaje), istmeño.

3 comments
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Enero 12, 2008 a 2:21 am
funkitorock
En mi escuela nunca hubo biblioteca, bueno si la hubo pero estaba cerrada. En lo personal nunca he conocido a ningún escritor con alguna publicación, pero me encantaría. Pero más que conocerlo de “afueritas”, me gustaría tenerlo como amigo.
Hace un tiempo que me gusta mirar y escuchar a mi madre. En mis momentos más serenos reflexiono mucho sobre lo común pero increible que es su vida. La misma que se contagia a corrientes en su familia…
Leeré este libro…
Emocionate relato, saludos…
Enero 12, 2008 a 2:32 am
Víctor Hugo Vorrath Rodríguez
Gracias por el comentario, Ángel.
Precisamente es la madre quien nos introduce en la realidad, y gracias a ella la vida puede verse como “fascinante” o “atractiva”.
Enero 29, 2008 a 11:54 pm
rilr
Que onda, soy tu brother Ricardo Ríos, tu hermana me dió tu mail creo que de gmail pero como no contestas me dió tu blog, te felicito por el sitio y veo que ya puliste tu estilo. Escríbeme a southernblotxy@hotmail.com y te doy mi otro mail para escribirnos seguido. A partir del 5 de febero estaré viviendo en el DF.
Saludos amigo y buen año.