
Pocas veces pensamos que una obra artística tiene algo que decirnos a nuestra vida ordinaria, quizá porque vivimos inmersos en una mentalidad que todo lo censura, quizá porque desconocemos la estructura de nuestro corazón.
En la pintura Rooms by the sea (Habitaciones al mar) del estadounidense -raro gentilicio que sólo designa una “unidad” sin “centro”‑ Edward Hooper es posible interpretar algunas ideas con relación a la experiencia religiosa, y con ello a la ancestral pregunta por el hombre.
1. Pongámonos frente a la pintura de Hooper y miremos. ¿Qué es lo que más nos provoca? Pensemos, no nos precipitemos, no nos dejemos perder por uno solo de los elementos de la obra. Vayamos desde la forma hasta el fondo. ¿Qué es lo que miramos? Una habitación, quizá dos ‑si es que podemos considerar a la entrada principal o pasillo como habitación. Observamos que es de día, que entra luz por la puerta y por una ventana que intuimos se encuentra en la sala de estar, en donde muestran algo de su perfil unos tímidos muebles. Digo tímidos, porque parecieran no ser el aspecto más importante de la pintura, el autor quizá sólo los quería insinuar, hacer aparecer al margen, solicitar su presencia para ser comparsa de “otras presencias”.
¿Qué más observamos?, ¿qué más hay? Está, desde luego, la puerta. Una puerta abierta completamente. Sería correcto decir que estaría abierta “de par en par” sólo si ella fuera como aquellas puertas antiguas de doble hoja. Una puerta abierta, ¿hacia qué?, ¿hacia dónde? Aquí se presenta el elemento escandaloso de la pintura: el mar. ¿Por qué una habitación debe dar hacia el mar? Acaso podremos recordar alguna ocasión en donde nos pudimos haber hospedado en un hotel cuya habitación tenía “vista al mar”, pero, ¿no resulta escandaloso, incluso chocante que al franquear la puerta de entrada uno se llegue a topar con el mar? Sin embargo esto es un “hecho” en la pintura, algo que nos puede escandalizar o disgustar, algo a lo que quizá preferiríamos cerrar los ojos por no encontrarle sentido. Pero, ¿es que esto tiene sentido?
2. Las obras de arte, para cumplirse, necesitan de un espectador activo. El libro que es más verdaderamente libro es aquél que es leído, aquél que llega a ser reconocido por una presencia humana y para quien, definitivamente, ha sido hecho. Lo mismo podríamos decir de la música y, en nuestro caso, de la plástica.
Entonces leamos activamente lo que nos quiere decir esta obra de arte. Interpretemos sus símbolos.
Superado el “shock” que nos produce encontrar que en la entrada de nuestra casa está ‑sin más‑ el mar, preguntémonos: ¿qué significa esa casa?, ¿qué significa ese mar? Para poder entender esto propongo que identifiquemos a la casa con nuestro “yo”, un yo que como en el Icarus de Matisse es un punto inflamado por el deseo y que tiene como trasfondo el cielo estrellado, el cielo infinito. Sean, pues, la casa y sus habitaciones nuestro “yo”, un “yo” anhelante, un “yo” que desea, que espera.
En la experiencia humana existen algunos “lugares” que nos hacen estremecer y que dejan al corazón humano helado de asombro: el cielo, el mar y quizá -como señalaba Camus en El verano‑ el desierto (respecto a este último mantengo mi reserva porque nunca lo he visto). ¿Quién no ha mirado el cielo durante una noche estrellada y se ha sentido “sobrecogido por los misterios”?, para tomar prestada la expresión de Mounier. ¿Quién no se ha sorprendido con el pulso acelerado cuando desde la orilla de la playa contempla el mar, ese mar que humanamente es infinito?
3. Sin afán de querer “explicar” la pintura -cosa que ni es posible, ni deseable‑ considero que de algún modo esta obra nos habla de aquello que siempre nos hablan las grandes obras: el hombre. En la imagen aparecen algunas cosas que convendría detenerse a mirar:
a) La luz. Es bien sabido que en la obra de Hooper la luz desempeña un papel protagónico, a veces triste, a veces nostálgico. En el caso de la obra que nos ocupa la luz cobra una especial relevancia. Sustraigamos la luz de la obra, ¿qué quedaría?, ¿qué se vería? Es por la gracia de la luz que todo se ve, que todo se ilumina. Es una gracia, porque no depende de la habitación recibir la luz, es algo que viene de fuera. La habitación podría igualmente la puerta y las ventanas abiertas pero no por eso entrará la luz, la luz entra porque está, porque existe. La luz bien podría ser la gracia.
b) La puerta y la ventana. Ya he dicho que ni la puerta ni la ventana generan la luz, pero son condición indispensable para que la luz entre. Si la puerta y la ventana estuvieran cerradas sería como si la luz no existiera, no de modo real pero sí para el interior dela habitación. La puerta y la ventana son como la libertad, la luz puede entrar porque se le permite, porque no se le oponen obstáculos, porque se le acepta. Con la libertad es igual, se puede aceptar la gracia o no, y la gracia actúa porque la libertad está disponible (“Hágase en mí según tu palabra”).
c) El mar. El elemento escandaloso, quizá el más difícil de penetrar. El mar infinito junto a las habitaciones finitas, junto a la casa finita. ¿Acaso no es así nuestra vida, una continua tensión entre nuestro límite -nuestra “nada”‑ y el infinito amor de Dios? En la obra el mar “aparece” de manera contigua a las habitaciones, ese mar que trae consigo la luz del día. Ese mar nos desafía, nos provoca, salir al mundo es salir al mar. Es una presencia ineludible. Podremos cerrar la puerta y la ventana, pero el mar seguirá estando afuera. Ese mar se impone como un provocador recordatorio de que toda vida está frente al misterio de Dios.
4. Recordando a don Guissani me atrevo a repetir sus palabras: la grandeza de un hombre está en decir “sí” a la iniciativa de Dios. Esta es la grandeza del hombre: ventanas y puertas abiertas, es la celebración de la libertad que permite que la gracia nos toque. Pero la libertad no basta: en lugar del día podría estar la tiniebla o la noche. Sin embargo lo que está es el día. La tiniebla estuvo antes de la luz, pero ahora es la claridad la que señorea el mundo. Dejémosle entrar.
(22 de junio de 2007)

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